El Fundador explicaba así la relación que existe entre
las diversas instituciones: «Se da un estrecho parentesco entre ellas,
pues todas han nacido del Sagrario. Tienen un único espíritu:
vivir la vida de Jesucristo y servir a la Iglesia. Hay quien representa
a todos intercediendo ante el Sagrario; hay quien difunde, como desde lo
alto, la doctrina de Jesucristo; y hay quien entra en contacto directo con
las personas». El Fundador quiere que las fronteras de su obra sean
las fronteras del mundo. Sus miembros son enviados por todas partes para
«hacer la caridad de la Verdad».
La Familia Paulina crecía, pasando por los difíciles momentos
de la guerra y de las convulsiones sociales y se iba extendiendo por muchos
países, asumiendo los rostros y colores de cada pueblo y cultura.
Cuando, el 26 de noviembre de 1971, el P. Alberione dejó esta vida
terrena para nacer a la del cielo, la Familia Paulina era ya como un mar
en el que convergen, como decía el mismo Fundador, «abundantes
riquezas de gracia», como ríos que abren nuevos caminos de
evangelización y de santidad.
Al empezar el siglo XX, el P. Alberione recibía de Dios una gran
misión que hizo de él, en palabras de Pablo VI, «una
de las maravillas de nuestro tiempo»; ahora, a comienzos de nuestro
siglo XXI, la Iglesia lo propone al pueblo cristiano como ejemplo de santidad.
Los miembros de todas las instituciones de la Familia Paulina celebraban
con alegría la beatificación de su Padre y Fundador el 27
de abril de 2003, comprometiéndose a ser memoria viva y actual de
su carisma en la Iglesia y en el mundo de hoy.
El Fundador explicaba así la relación que existe entre
las diversas instituciones: «Se da un estrecho parentesco entre ellas,
pues todas han nacido del Sagrario. Tienen un único espíritu:
vivir la vida de Jesucristo y servir a la Iglesia. Hay quien representa
a todos intercediendo ante el Sagrario; hay quien difunde, como desde lo
alto, la doctrina de Jesucristo; y hay quien entra en contacto directo con
las personas». El Fundador quiere que las fronteras de su obra sean
las fronteras del mundo. Sus miembros son enviados por todas partes para
«hacer la caridad de la Verdad».
La Familia Paulina crecía, pasando por los difíciles momentos
de la guerra y de las convulsiones sociales y se iba extendiendo por muchos
países, asumiendo los rostros y colores de cada pueblo y cultura.
Cuando, el 26 de noviembre de 1971, el P. Alberione dejó esta vida
terrena para nacer a la del cielo, la Familia Paulina era ya como un mar
en el que convergen, como decía el mismo Fundador, «abundantes
riquezas de gracia», como ríos que abren nuevos caminos de
evangelización y de santidad.
Al empezar el siglo XX, el P. Alberione recibía de Dios una gran
misión que hizo de él, en palabras de Pablo VI, «una
de las maravillas de nuestro tiempo»; ahora, a comienzos de nuestro
siglo XXI, la Iglesia lo propone al pueblo cristiano como ejemplo de santidad.
Los miembros de todas las instituciones de la Familia Paulina celebraban
con alegría la beatificación de su Padre y Fundador el 27
de abril de 2003, comprometiéndose a ser memoria viva y actual de
su carisma en la Iglesia y en el mundo de hoy.