José A. Pérez
El apostolado, fruto de la vida interior
El apostolado es esencial para los miembros del Instituto, empezando por la propia familia. Su vocación propia consiste en buscar el reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios.
El apostolado es la flor del verdadero amor a Dios y a las almas, es fruto de intensa vida interior. Supone un corazón ardiente, incapaz de contener y comprimir el fuego de dentro. El apostolado nos hace altavoces de Dios» (CISP 800 y 809). Por eso el apostolado es esencial para los miembros del Instituto, empezando por la propia familia. «Los laicos tienen como vocación propia el buscar el reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios. Viven en el siglo, en todas y cada una de las profesiones y actividades del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, que forman como el tejido de su existencia. Es ahí donde Dios los llama a realizar su función propia, dejándose guiar por el Evangelio para que, desde dentro, como levadura, contribuyan a la santificación del mundo, y de esta manera, irradiando fe, esperanza y amor, sobre todo con el testimonio de su vida, muestren a Cristo a los demás» (LG 31b).
En ese sentido, tratan de crear en la familia un ambiente abierto y sereno, orientan a los hijos hacia las asociaciones juveniles que la Iglesia ha instituido para apoyar la actividad educadora de la familia. Se abren al diálogo con los hijos, especialmente en los momentos de crisis o de opciones importantes. Abren sus puertas a otras familias que viven sus mismos ideales morales y religiosos, entre otras cosas para garantizar a sus hijos amistades sanas.
En la medida de lo posible, los miembros del Instituto actuarán en las parroquias, constituyendo centros de difusión de la Sagrada Escritura (librerías o quioscos), creando, si se dispone de medios, emisoras de radio y televisión con fines apostólicos, o colaborando en su funcionamiento si ya existieran, y, en todo caso, orientando sobre los programas de las demás emisoras, apoyando a las que se acomodan a los principios cristianos y evitando las que los rechazan o combaten.
Ofrecen su contributo de oración, experiencia y acción a las actividades propias del Instituto Santa Familia: actividades de grupo, asistencia a los novios, a los esposos, sobre todo a los que viven en dificultad, y a la evangelización con los medios de comunicación social: prensa, radio, cine, televisión, internet, etc.
Con este mismo espíritu de apostolado paulino, cada uno deberá esforzarse para que la buena prensa en general y hasta la última hoja parroquial entre en las familias y llegue a las personas en todos los ámbitos de la vida.
También estimularán la lectura del Evangelio, la participación en la liturgia, el estudio del catecismo y la oración en familia. Puesto que «la Familia Paulina aspira a vivir integral-mente el Evangelio de Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, en el espíritu de san Pablo, bajo la mirada de la Reina de los Apóstoles» (AD 93).
Concluyendo
Con el Vaticano II se abrió para los esposos cristianos un «camino» antes cerrado para ellos: el de la plena consagración mediante la profesión de los votos. Es un nuevo y gran regalo «que el Señor ha hecho a la Iglesia y por medio de la Iglesia a las familias cristianas. El mundo nuevo, el reino del amor, la paz entre todos los pueblos serán una realidad en la medida en que muchos esposos, por impulso del Espíritu Santo, entren en este camino real de la santificación cristiana» (Juan XXIII).
Los esposos que sientan la exigencia de una espiritualidad más profunda, de una vida cristiana más coherente y rica de gracia, de una familia espiritual a la que pertenecer, pueden ser miembros del Instituto Santa Familia. Siendo parte de la Familia Paulina, participa en comunión íntima de todo el bien de la misma, y comparte sus iniciativas. Por su parte, los miembros del Instituto hacen presente y operante a la Familia Paulina en toda la Iglesia.
Que la Virgen, la Madre de la Sagrada Familia, y su esposo san José, preparen nuevos esposos consagrados para una Iglesia cada vez más reluciente en santidad y en constante renovación por la acción del Espíritu Santo.
José A. Pérez - 01/11/2005