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Editorial
Como levadura que fermenta la masa
Nuevo curso, nueva oportunidad. Muchos y grandes son los retos que nos plantea la realidad en que vivimos. Desde todos los puntos de vista: social, político, eclesial, institucional, mediático... No podemos ignorarlos ni inhibirnos mirando para otro lado, o cubriéndonos con una especie de protector impermeable que nos mantiene al margen, o nos lleva a creernos casi inmunizados frente a toda esa realidad que nos envuelve. Pero tampoco podemos dejarnos arrastrar por el desánimo destructor que inmoviliza y anula. Nos guste o no, esta es la realidad en la que Dios nos ha puesto y en la que hemos de responder a nuestra vocación y misión. Por eso la actitud razonable —y cristiana— es la de asumir conscientemente esa realidad, descubrir en ella los signos de los tiempos —las semillas del Verbo—, y poner todo nuestro empeño en responder a esos desafíos. Acaso lleguemos a descubrir que nos ha tocado vivir unos tiempos apasionantes, en los que no podemos vivir pasivamente; que nos obligan a pronunciarnos y a implicarnos incondicionalmente en la obra creadora y redentora de Dios. Al fin y al cabo, ¿no es este el sentido de la vocación y la misión cristiana y paulina? ¿No es a esto a lo que nos comprometimos cuando acogimos y aceptamos la llamada del Señor? Sin duda, necesitamos ejercitar la fe y la esperanza, porque nuestros planes no siempre coinciden exactamente con los de Dios; pero sin duda él es el primer interesado en que nuestras cosas —sus cosas— funcionen. A nosotros nos toca poner toda la carne en el asador en la búsqueda del reino de Dios —entiéndase testimonio de alegría, coherencia, dedicación, entrañable amor fraterno...— y todo lo demás —los frutos— se nos dará por añadidura cuando encaje en los planes inescrutables del buen Dios, que está siempre con nosotros y nos ama infinitamente más de lo que podemos soñar e imaginar.
Editorial - 15/07/2006
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