Sociedad de San Pablo
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José y Maite

Benedicto XVI, buen pastor

El día 19 de abril del pasado año, cerca de las 18 horas, se estaba atento al nuevo sucesor de San Pedro, pues había salido «fumata» blanca, a la que se unieron, para mayor claridad, las campanas de San Pedro. Pronto se sabría quién era el elegido: el antiguo Arzobispo de Munich, el alemán Joseph Ratzinger, desde hacía años en Roma como gran colaborador de Juan Pablo II.

De entrada ni él mismo ni el Colegio de Cardenales lo esperaban. Acababa de cumplir 70 años, uno más que Juan XXIII cuando fue elegido Papa. Tenía preparada su vivienda en su Baviera natal para dedicarse, ya jubilado, a publicar numerosas obras ya casi terminadas. Pero las cuatro votaciones que le fueron suficientes demostraron, como dijo el Cardenal de Marsella, que una cosa son las discusiones dialogantes de los nueve días preparatorios del Cónclave, y otra, iniciar un acto casi litúrgico, el Cónclave, lleno de liturgia orante y apertura al Espíritu de Dios, aunque a través de las mediaciones humanas.
Muchos esperaban un cambio de continente en el nuevo elegido. Pero, como dijo el propio Benedicto XVI, pocas semanas después de su elección, parecía que la Providencia quería que sucediera a un polaco, marcado con las horribles secuelas de la invasión nazi de su país, que un alemán que también sufrió la barbarie nazi, enrolado a la fuerza en el ejército hitleriano a los diecisiete años, y que como él mismo cuenta en su obra «Mi vida» (Ed. Encuentro) no comprende cómo salió vivo de esta experiencia bélica. «Karol y Joseph hemos vivido la misma experiencia desde distintos ángulos, y por ello los dos hemos de luchar». Benedicto XVI ya lo ha hecho durante todo el año, por una paz justa en todo el mundo y contra la degradación humana globalizada que parece invadirnos.
Por ello seguramente, su primera encíclica, escrita dentro de su primer año de Pontificado, se ha titulado Dios es amor, como un cántico a la realidad que nos hace existir: EL AMOR, del que es la fuente inicial el mismo Dios creador, que nos ha dado a su Hijo por amor.
Las tres prioridades declaradas al terminar el Cónclave han sido: anunciar a Jesucristo por todos los medios posibles; y es aquí donde la Familia Paulina recibe una llamada especial por su propia vocación específica y nuestro compromiso de obediencia al Papa. La segunda es llevar a término toda la exigencia del Concilio Vaticano II, en el que nuestro padre Alberione tuvo mucho que decir; y la tercera trabajar con empuje por la unidad de los cristianos, una lacra que lacera el Corazón de Cristo y la misión de la Iglesia. Esta primera encíclica de Benedicto XVI, no es sólo un compendio de doctrina y una orientación para el hombre de hoy que camina perdido en medio de tanta materialización y hedonismo, sino que es una ventana abierta para conocer el gran corazón de nuestro Santo Padre, don espléndido que Dios ha hecho a su Iglesia. Benedicto XVI nos muestra su enorme sensibilidad y profundo conocimiento del hombre actual, de sus inquietudes y necesidades. Todos deberíamos leer y meditar este maravilloso documento.
No es Benedicto XVI, como quisieron presentarlo al principio, el guardián rígido de la fe y doctrina, el doctor intransigente y frío, ¡no!; Benedicto XVI es el Pastor solícito y cercano al rebaño que conoce al hombre de verdad y con amor, pleno de humanidad y cercanía especialmente hacia los jóvenes como quedó patente en el Encuentro que tuvo con ellos en Alemania. El nos ofrece un alimento sólido para nuestras almas, porque es sabio y teólogo; pero su doctrina es comprendida por sus cualidades de buen maestro y pedagogo. José y Maite

José y Maite - 15/07/2006


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