El primer misionero de la aldea global
El 26 de noviembre de 1971, a las 18,25,
una hora después de haber recibido la visita de Pablo VI, fallecía,
a los 87 años, el P. Santiago Alberione, fundador de la Familia Paulina,
una galaxia calificada por el mismo papa Montini como instituto «monumental»,
hoy presente en los cinco continentes. Sirviéndonos de unas reflexiones
inéditas del P. Renato Perino, uno de sus sucesores, analizamos la
espiritualidad apostólica del Fundador.
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De este sacerdote piamontés, natural de San Lorenzo di Fossano
(Cuneo) -de quien el 26 de junio de 1996 la Congregación para las
causas de los santos promulgó el decreto que reconoce sus «virtudes
heroicas», atribuyéndole el título de Venerable-, se
han dado muchas definiciones. En ocasión del 75 aniversario de la
fundación de la Sociedad de San Pablo, el cardenal Paul Poupard,
presidente del Pontificio consejo de cultura, escribía: «El
P. Alberione no sólo fue un profeta, a veces incomprendido, sino
también un pionero valeroso que abrió a la Iglesia nuevos
caminos para la evangelización del mundo contemporáneo».
Pero con demasiada frecuencia, al recorrer la biografía del P. Alberione,
nos limitamos a detenernos en lo imponente de sus realizaciones, reunidas
hoy en lo que muchos definen como una «multinacional católica
de los medios». En una palabra, es fácil caer en la tentación
de describir al P. Alberione sobre todo como el fundador de una gran empresa,
un genial «manager de Dios», capaz de intuir que el reto de
la comunicación sería el reto de nuestro siglo. O, también,
como un trabajador incansable, dedicado a dar vida a una organización
capaz de hacer frente al deterioro de un siglo que ha quemado utopías
y revoluciones, conocido dos guerras mundiales y que, iniciado con el jadeo
de los trenes de vapor, termina con las noticias que corren veloces y silenciosas
por las autopistas de la información.
El P. Alberione fue ciertamente un pionero, organizador y profeta. Pero
nada de lo que ha creado tendría sentido si no estuviera basado en
una vocación que emerge límpida en toda su larga vida, en
sus escritos, en sus gestos y también en los largos silencios de
meditación orada. Justamente a este auténtico Alberione es
al que podemos encontrar en algunos escritos inéditos del P. Renato
Perino, su tercer sucesor a la cabeza de la Sociedad de San Pablo (entre
1980 y 1992). En ellos emergen algunas palabras-clave indispensables para
comprender el lenguaje alberoniano: dinamismo, organización, radicalidad
y unidad.
En las raíces del carisma
Pero, ante todo, es necesario volver a las raíces del carisma del
Fundador. El P. Perino las recuerda citando un testimonio «poco conocido»
del P. Alberione: «El apóstol san Pablo es nuestro Padre, Maestro
y Protector. Él lo ha hecho todo. Nuestra Obra se llama de san Pablo...
La vida de la Familia Paulina procede de la Eucaristía, pero comunicada
por san Pablo». «En el plano de la fe, esta dimensión
interior de la misión quiere decir no perder nunca de vista el núcleo
esencial, el kerigma de san Pablo: por medio de Jesucristo muerto en la
cruz y resucitado, y únicamente por medio de Jesucristo, y no antes
de él ni sin él, viene la salvación de todos los hombres.
Desde aquí y sólo desde aquí, directa o indirectamente,
es desde donde nuestro apostolado se eleva a verdadera predicación,
esto es, a acto de comunicación salvífica».
No se trata de una característica que, entre otras, connota la misión
de los herederos del P. Alberione; estamos en el mismo corazón del
mensaje alberoniano. Lo subraya una vez más el P. Perino: «Es
la gran afirmación del P. Alberione, que lo configura como profeta
de la moderna evangelización. Nuestra mediación es salvífica:
a pesar de nuestros límites estamos en el corazón de la Iglesia,
dado que la evangelización hoy es el núcleo central de la
acción pastoral de la Iglesia».
Dinamismo prudente, atento y gradual
El mensaje y la obra del P. Alberione brotan de una llamada de Dios y se
enraízan en la Eucaristía y en la lección de san Pablo:
no son palabras u obras pregonadas y construidas dentro del escenario de
la historia. Surge la pregunta: «Si san Pablo viviera hoy, ¿qué
haría?». Es el interrogante que recorre toda la biografía
del P. Alberione, pero que va mucho más allá de su figura
carismática, para justificar la misma existencia de las Congregaciones
y de los Institutos fundados por él.
La respuesta vuelve a encontrarse en la vida del Fundador: «Entre
las huellas trazadas por san Pablo en los caminos del Evangelio hay una
que siempre impresionó al P. Alberione: el dinamismo, la continua
e incesante adaptación a los signos de los tiempos, a la sensibilidad
de las personas, al sentido de la historia y de la sociedad en la que se
desarrolla la misión».
Pero esta palabra-clave, dinamismo, no ha de confundirse con un oscuro y
anheloso activismo. Por el contrario, es un camino prudente, atento y gradual.
«El que ha vivido tantos años con él recuerda que no
se concedía descanso» -es siempre el P. Perino quien lo recuerda-,
«que era un volcán inagotable de ideas, propuestas y disposiciones.
Y sin embargo en él el dinamismo apostólico era un «corre
despacio»; un esperar pacientemente la hora de Dios, que llegaba a
veces tras esfuerzos y luchas de decenios».
Para el P. Alberione, dinamismo significaba caminar dentro de la historia,
pero con el paso de Dios, porque «el Señor va encendiendo las
lámparas por delante, a medida que se anda y hace falta; no las enciende
todas inmediatamente al principio, cuando todavía no hacen falta;
no derrocha la luz, pero la da siempre en el tiempo oportuno.
En este sentido, dinamismo significa «formación y autoformación
permanente».
Teniendo en cuenta que aquí hablamos de la misión de evangelización
a través de los medios de comunicación social, «no se
trata sólo de adoptar continuamente los medios más rápidos
y eficaces. Se trata de invertir ese dinamismo de los medios de comunicación
de masas, tal como se usan en la sociedad actual: casi exclusivamente al
servicio del comunicador, de sus intereses económicos e ideológicos,
y por tanto inevitablemente manipulados, masificados, alienantes».
Nos parece escuchar la alarma lanzada varias veces por Karl Popper y recogida
con gran evidencia recientemente en muchos debates; pero las palabras del
P. Perino, recalcadas en 1983, se refieren a valoraciones que el P. Alberione
ya hacía hacia el fin de los años 50, demostrándose
también en esto profeta.
De ahí la necesidad de una auténtica «revolución
copernicana», que remita al hombre -pueblos y personas- al centro
de la comunicación. De ahí la estrategia de ese dinamismo
que las Constituciones de la Sociedad de San Pablo definen así: «La
actualización consiste en hacer vivir todo el espíritu de
los fundadores y los principios y reglas de las Constituciones; pero al
mismo tiempo en considerar las necesidades y circunstancias actuales, para
las aplicaciones e interpretaciones necesarias».
Profundamente arraigados en los orígenes, pero proyectados hacia
el futuro: en este horizonte «debemos, pues, poder cambiar; tenemos
la obligación de cambiar si lo exigen la misión, la Iglesia,
la sociedad y los nuevos tiempos». Es la acogida total de la lección
conciliar de los «signos de los tiempos».
Organización sobre base integrada
Una segunda palabra clave del lenguaje alberoniano es organización.
«Se trata de una insistencia», subraya el P. Perino, «que
empieza a presentarse en los escritos del P. Alberione desde el momento
en que las fundaciones ya se han consolidado lo suficiente, y para poder
progresar necesitan articularse orgánicamente en el plano nacional
e internacional». Con el progreso de las tecnologías de la
comunicación de masas y la ampliación del horizonte planetario
de sus institutos, el P. Alberione se da cuenta de que los nuevos desafíos
requieren, para ser vencidos, una estructura sólida, ramificada,
capaz de explotar todas las sinergias posibles.
En el texto, inédito, de una meditación dictada a las Hijas
de San Pablo el 28 de abril de 1960 y referido por el P. Perino, el P. Alberione
aclaraba su pensamiento al respecto: «Nosotros tenemos que dar gran
importancia a las organizaciones... Organizar el bien. Las organizaciones
tienen gran fuerza. Cada uno por su cuenta puede ser un santo, pero sólo
es una mimbre. Si en lugar de una mimbre se atan muchas juntas, se convierte
en una fuerza. En nuestros tiempos a uno solo se lo comen. Hay que tener
presente siempre que debemos reforzarnos con la misión. Esto vale
tanto para la prensa como para el cine, para todas las fuerzas católicas».
Aclarando este paso de la filosofía alberoniana, el P. Perino insiste
en que, frente a la «aldea global» constituida por el trenzado
de formas y técnicas de comunicación nuevas y cada vez más
sofisticadas, «si insistimos en cultivar tenazmente nuestro huertecillo
con altas empalizadas de incomunicabilidad, la situación de archipiélago
que de ello se derivaría nos abocaría muy pronto a la parálisis».
Esta apremiante invitación a la organización sobre base integrada
y a diversos niveles no debe confundirse, empero, con un genérico
llamamiento dirigido a la buena voluntad de los individuos y de las comunidades:
«Se refiere también a las nuevas metodologías del trabajo
de grupo y sobre todo a los nuevos esquemas y estructuras organizativas
respaldados por las nuevas técnicas. Se debe decir verdaderamente
que, para ser hijos del P. Alberione, debemos buscar y asumir no sólo
los «medios más rápidos y eficaces, sino ante todo las
estructuras más rápidas y eficaces». Esta
lectura del pensamiento del P. Alberione es densa en perspectivas. Es la
misma clave de lectura de la comunicación (no sólo como medio
que usar, sino como estilo que asumir) que hizo Juan Pablo II en la Redemptoris
missio (n. 37c).
Radicalidad del ser y del obrar
El análisis que el P. Perino dedica a la obra del P. Alberione
prosigue con otro tema central en la estrategia conjunta del fundador de
la Familia Paulina, la de la radicalidad, concepto que ilustra a partir
de una afirmación del P. Alberione contenida en una exhortación
pronunciada en 1964, durante la misa conmemorativa de los 50 años
de fundación de la Sociedad de San Pablo. «Las obras de Dios
se hacen con los hombres de Dios». De ahí la configuración
de los religiosos y religiosas paulinos como radicales según el Evangelio.
Pero esta radicalidad tiene un doble valor: es radicalidad en el ser y radicalidad
en el obrar. En el primer sentido «se expresa por entero en la identificación
del Paulino y de la Paulina con Cristo a través de este proceso de
transformación que se traduce en san Pablo en las conocidísimas
formulaciones: «No conozco sino a Jesucristo, y a Jesucristo crucificado»
(1Cor 2,2); «Ya no vivo yo; es Cristo quien vive en mí»
(Gál 2,20). Todo esto supone el anonadamiento como camino para la
perfección, al servicio del Evangelio y de la Iglesia, en el espíritu
del apostolado de Pablo (cf Flp 2,1-10).
La radicalidad en el obrar es, en cambio, la respuesta a las demandas de
una sociedad que se interpela por un Dios perdido y por el sentido de una
vida de la cual han sido borrados los horizontes que no tocan las crónicas.
Una vez más el P. Perino interpreta las indicaciones del P. Alberione
a la luz de la actualidad: «La radicalidad según el Evangelio
es una de las corrientes dominantes que recorren la Iglesia contemporánea.
Basta observar la exuberancia de los movimientos eclesiales espontáneos.
Ahora bien, estos movimientos en todo el mundo están compuestos en
gran parte de jóvenes, que en el colapso de los valores esenciales
y en la quiebra de las ideologías buscan y encuentran en Cristo y
en la Iglesia el sentido de su vida».
Unidad a toda prueba
Por fin, otra «obsesión» del P. Alberione era la de la
unidad de la Familia Paulina. El P. Perino recuerda que desde 1917, al alba
de la nueva aventura, «el P. Alberione pensaba en una unidad jurídica
de las dos instituciones (masculina y femenina), bajo la guía de
un solo superior general. La Santa Sede, basándose en el nuevo Código
de Derecho Canónico (1917), respondió negativamente nada menos
que dos veces a la reiterada demanda del Fundador, que insistía en
que «la rama masculina y la rama femenina deben colaborar de modo
total. La voluntad de Dios es que nosotros seamos una familia única
y trabajemos juntos porque tenemos un solo cometido en la Iglesia»».
Sucesivamente, acatando las decisiones de la Santa Sede, la Familia Paulina
ha ido estructurándose poco a poco en un abigarrado paisaje de Congregaciones
e Institutos con finalidades específicas y vocaciones originales
que, sin embargo -recuerda una vez más el P. Perino-, sigue fundada
«sobre el común origen y espíritu, y fines convergentes».
Así se ha ido abriendo paso la idea de una unidad en la diversidad,
que no puede ser «un centralismo burocrático que achata los
dones en la uniformidad», sino que, por el contrario, favorece las
diversidades y originalidades, permitiéndoles expresarse en el contexto
de un proyecto unitario que, como dicen las Constituciones de la Sociedad
de San Pablo, puede resumirse así: «Captar al Dios invisible
y hacerlo visible y accesible a los hombres».
Hay otras dos palabras que pueden resumir perfectamente el sentido de la
vida y de las obras del P. Alberione, y son utopía y desafío.
A propósito de la primera, el P. Perino anotaba: «Para el que
cree firmemente en la salvación fundada en el Evangelio, así
como lo creía el P. Alberione, pienso que el verdadero desafío
de hoy, la utopía más atendible, consiste en creer
y trabajar en el único progreso posible de la humanidad, que es la
mejora de la calidad de la vida, entendiendo esta expresión en su
significado más amplio, totalmente abierto a la trascendencia».
En el mismo escrito afrontaba también el tema fascinante de los nuevos
«desafíos»: «Tal vez, entre las grandes revoluciones
científicas y políticas de los dos últimos siglos,
la que incidirá de modo más determinante en los destinos de
la humanidad será la revolución de las comunicaciones. Y aquí
es donde resalta, a mi entender», subraya con fuerza el P. Perino,
«el mensaje esencial y siempre actual del P. Alberione». La
condensación de las comunicaciones comporta ciertamente desafíos
y riesgos cada vez mayores. Pero el P. Alberione, profeta de la comunicación
moderna al servicio del Evangelio, nos enseña a recoger el desafío,
viendo en los medios tecnológicos valores decididamente positivos,
y creyendo firmemente que son don de Dios para multiplicar y potenciar sin
medida el mensaje de la salvación. Obviamente, a condición
de que se les adopte con la seriedad y la responsabilidad profesional y
moral que requieren».
Mauricio de Pablo