Sociedad de San Pablo
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Las facturas prepagadas
El P. Juan Evangelista Robaldo publicó numerosas ediciones del Evangelio para las diversas clases de personas. En 1934 partió hacia Varsovia con el fin de fundar allí la Sociedad de San Pablo. Hasta entonces había sido ecónomo. Tarea ardua la de administrar aquella joven comunidad cuando había que partir de cero, y la caja estaba siempre vacía. Un día no sabía cómo apaciguar a los acreedores que esperaban impacientes en recepción. Llamó a la puerta del P. Santiago Alberione para pedir ayuda, y este le respondió: «Abre el cajón de tu mesa». Lo había abierto una y otra vez inútilmente, pero hizo lo que se le había dicho. Encontró un sobre en el que estaba la cantidad exacta de dinero que debía pagar. Como aseguró reiteradamente, el hecho se repitió a la letra varias veces.

Los pucheros pueden esperar
Este testimonio oral es muy conocido en la Familia Paulina. Un día las hermanas encargadas de la cocina en Alba se encontraron con la despensa vacía. El agua hervía inútilmente en los pucheros. «No sabemos qué echar a los pucheros», dijeron al P. Aberione. «Abrid el aparador de la despensa cercana». Hicieron como les había dicho y encontraron todo lo necesario.

El rastrillo para el heno
En el libro Abundantes divitiae el mismo P. Alberione evoca los recuerdos de su infancia: «Los hijos, ya de pequeños, crecían en el temor de Dios y cada uno tenía que hacer trabajitos o grandes trabajos, según sus fuerzas; desde el cuidado de los pollos hasta las más fatigosas faenas del campo» (n. 124). Y añade: «Volviendo del seminario y atravesando los prados, ya estaba listo el rastrillo para recoger el heno; y él (Alberione), sin llegar a casa, se quitaba la chaqueta y los zapatos y se unía a sus hermanos hasta la hora de comer» (n. 125).

La vaca de la Moretta
Lo transcribo del boletín interno de las Pías Discípulas del Divino Maestro, testigos del hecho (Il Div. Maestro, enero-febrero 1986). El número de vocaciones crecía diariamente, faltaba de todo, y no había leche. «El P. Alberione exhortó a rezar a san José, después llamó al joven David Cordero y le dijo que fuese con fe por el camino de la Moretta en busca de una vaca. David se puso en camino, bastante confuso, no sabiendo dónde dirigirse. Caminando a la aventura, vio a cierta distancia a un anciano labrador que llevaba del cordel a una vaca. Se acercó titubeante y lo miraba sin decir una palabra. El labriego le preguntó: «¿Dónde vas, qué buscas?». «El P. Alberione me ha dicho que vaya a buscar una vaca porque la necesitamos». El agricultor puso en sus manos el cordel y le dijo: «Toma esta y vete».

El acreedor prestidigitador
Al principio los pagos más fuertes se hacían en monedas de oro. Tratándose de una suma importante, la documentación de la deuda debía ser examinada atentamente. El P. Alberione se ausentó un momento para ir a su oficina, una habitación frente a la de espera. Al volver se encontró con la sorpresa de ver que el dinero había disminuido. Con ademán serio, ordenó al acreedor: «(Baje los brazos y mueva las mangas!». Y las monedas llovieron sobre la mesa.

Franchi a punto de morir
En el mes de diciembre de 1935 la gripe estaba causando víctimas. El joven Franchi, florentino, compañero mío de clase, cuyo nombre no logro recordar, se encontraba en cama muy enfermo. La gripe degeneró en pulmonía doble, y su desarrollo duraba unos diez días, al final de los cuales, si la terapia no resultaba positiva, la muerte era segura; los antibióticos del Dr. Fleming no existían todavía. El final para Franchi era inminente. Nosotros lo acompañábamos noche y día y nuestro superior, Francisco Zecchinati, era incansable. Como último recurso pidió al P. Alberione que diese una bendición al enfermo. El P. Alberione entró en la habitación y estuvo con él un cuarto de hora. Cuando el asistente, y nosotros con él, entramos en la habitación encontramos a nuestro compañero sereno, incluso alegre. Al día siguiente reanudó la vida ordinaria. Don Zecchinati, destinado después a las casas de Colombia y México, ha comentado más de una vez el episodio «milagroso» con los que estábamos presentes. A su tiempo lo puso por escrito, pero no he sido capaz de encontrar ningún rastro; entonces todos hablamos de «un milagro».

«¡Giacu, fa´ciàir!» «Santi, alumbra»
Su padre empujaba un carrito lleno de productos del campo. El pequeño Santiago lo acompañaba y trataba de ayudarle. Era de noche, y su padre, Miguel, veía poco. De vez en cuando le insistía en dialecto piamontés: «Giacu fa´ciàir», es decir, «Santi, alumbra». Recordando el episodio, el P. Alberione sentía el deber de iluminar a las almas, y por eso exhortaba a sus hijos/as a ser cada vez más sensibles a las necesidades de los demás. Y cuando le parecía que no había levantado suficientemente la linterna, renovaba el propósito de fidelidad a la exhortación paterna, que se fundía con la palabra de Cristo: «Vosotros sois la luz del mundo».

«Trata bien a Jesús»
Al acabar el retiro espiritual predicado por el P. Alberione, en la capilla de la casa general de la Via Alessandro Severo, como de costumbre, se impartía la bendición eucarística. Ordinariamente se encargaba este ministerio a los sacerdotes más jóvenes. Aquella vez me tocó a mí. Y al impartirla, hice algunos movimientos bruscos o, en todo caso, no demasiado delicados; es algo que todavía tengo que aprender. Al Fundador no le gustó. Al acabar la celebración, íbamos hacia el comedor cuando él me pidió que esperase un momento, y con mucha amabilidad, casi con un susurro, me dijo: «Trata bien a Jesús... Es el Hijo de María». Y se puso junto a mí en la fila.

El sermón a las gallinas
El P. Alberione se preocupaba también del buen funcionamiento doméstico. En los años veinte se encontró un día con sor María Antonietta Marello, la encargada del gallinero. Era una mujer pequeñita, ágil, incansable, capaz de dar su vida por el Fundador. Este le preguntó: «¿Se han comportado bien hoy las gallinas? ¿Cuántos huevos han puesto?». «Pocos, P. Alberione, hace frío y los huevos disminuyen». «Escucha, reúne a las gallinas y diles que eso no puede ser. Nosotros no hemos disminuído, más bien hemos aumentado, y por lo tanto los huevos no deben disminuir sino aumentar». «Sí, P. Alberione». Al día siguiente Mariettina llamó a capítulo a las gallinas y antes de darles la comida les amenazó amablemente: «Si no hacéis lo que ha dicho el P. Alberione, iréis a parar todas al puchero. ¿Habéis entendido?». Dicho esto, abandonó el gallinero. Por la tarde volvió con su canasto, lo llenó de huevos y lo presentó al P. Alberione, quien, acogiéndola con una sonrisa, le dijo: «Ahora ve a dar gracias a Dios y no vuelvas a quejarte» (cf Sor M. L. Ricci, Il ceppo, Roma 1977).

Diálogo celestial
Las últimas palabras del P. Alberione fueron: «Paraíso, paraíso». Un diálogo mantenido en los años sesenta con Sor Teresa Binello, encargada de la cocina de la casa de Turín, nos ayuda a profundizar este aspecto de su espiritualidad. Recuerda ella: «Llamé a su puerta para invitarlo a que fuera a tomar algo o, si no quería moverse, yo le serviría algo en su despacho. Al poco rato vi que venía apoyándose en la pared del pasillo. Llegó a la cocina y me apresuré a ofrecerle un café con leche, diciéndole que podría habérselo llevado yo. Me respondió sonriente: «¿No quieres dejarme ir al paraíso?» -«Al paraíso sí, pero lo más tarde posible», le respondí. Y todavía más serio replicó: «No digas eso, sino: al paraíso, lo más santo posible». Yo añadí sin darme por vencida: «Sin embargo, Primer Maestro, si vive más, también se hará más santo». No contestó, pero se fue susurrando: «Paraíso y santidad» (cf Il ceppo, 107-108).

Los años de la polenta
En los años de la infancia paulina, en la sala de clase comunitaria no sólo faltaban muebles, sino que también se carecía de profesores. El P. Alberione era el único maestro. Cocineras, ni pensarlo. Y sin embargo era necesario cursar los estudios. El Fundador reunía a los alumnos alrededor del fuego de la cocina e impartía clases de filosofía. Los jóvenes tenían los libros sobre las rodillas y en la mano el lápiz. El profesor disponía de un armatoste: con una mano pasaba las páginas y con la otra removía, con un cucharón, la polenta del puchero. No insisto mucho en este hecho tan conocido por todos. Acude a mi mente otro modo de enseñar de aquella época, el peripatético, y dejo la palabra al beato Timoteo Giaccardo: «Recuerdo un mes de mayo de hace unos años. A mediodía dejamos el trabajo, teníamos la tarde libre y dimos un paseo por la arboleda del Tánaro. Allí, en medio de los árboles, después de jugar un rato, el P. Alberione nos reunió y conmemoró con un discurso accesible a nuestras mentes infantiles la Rerum novarum del gran León XIII» (cf Primavera paolina, Roma 1983, p. 309).

Mauricio de Pablo


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