Sociedad de San Pablo
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La noche luminosa del joven Alberione

Con el paso de siglo, la noche del 31 de diciembre de 2000 al 1 de enero de 2001 (que esta vez nos introduce además en un nuevo milenio), se cumple el centenario de la inspiración carismática tenida por Santiago Alberione, cuando era un muchachito poco más que quinceañero. ¿Qué significado tuvo esa noche-puente en su vida y en su obra? Él mismo nos lo ha narrado sucintamente en la breve autobiografía titulada Las abundantes riquezas de su gracia. Con la perspectiva de hoy, podemos percibir el alcance de esa vivencia: un momento fuerte catalizador de toda una vida fecunda al servicio de la Iglesia y de la humanidad.


Dirigimos nuestro objetivo hacia la escena focalizándola en un triple cuadro, en que se sobreponen el pasado (aún muy corto, pero ya denso) del joven Alberione, el intensísimo presente experimentado entonces y el sugestivo futuro entrevisto aquella noche. Los tres tiempos se entrelazan aún más teniendo en cuenta que el protagonista encara retrospectivamente su cámara al revivir los hechos cincuenta años más tarde (en 1954 bosquejó su autobiografía), por tanto cuando el futuro había cuajado ya en un logrado pretérito, llenaba un nuevo presente y abría brecha hacia un más allá. Todo ello muy en consonancia con el lema que el mismo Santiago Alberione tomaría muy pronto de Pablo: «Me lanzo adelante». La «noche carismática» fue como el momento de arranque hacia una meta ideal, el tensar al máximo el arco y dar salida a la flecha hacia un blanco lejanísimo, ambicioso, entrañablemente deseado: la ensoñación-programa de un profeta de nuestro tiempo.

Oteando la situación

Últimos meses del año 1900 en Alba, una pequeña ciudad del Norte de Italia. El ambiente finisecular europeo y mundial estaba cargado de conflictos: la sociedad en general sufría múltiples desgarros que a la larga darían lugar a las terroríficas confrontaciones bélicas (las dos guerras mundiales) en nuestro siglo XX. La Iglesia se presentaba encastillada tenazmente a la defensiva: salía de un período de revoluciones (en que había perdido amplias parcelas de adeptos) y ahora temía el desencadenamiento de otras mucho más largas e insidiosas; se enfrentaba no sólo a un virulento anticlericalismo sino, por primera vez, a un «ateísmo de masas» que ponía en jaque todo valor cristiano y hasta humano; había recuperado mucho terreno y abierto nuevos frentes en lo social y en lo cultural, pero seguía siendo una Iglesia asediada y, aun en su propia entraña, se incubaban movimientos disgregadores, amenazantes. De esta amplia problemática se les hablaba a los alumnos del seminario de Alba, poniéndoles ante la perspectiva de su futuro ministerio.

El joven Santiago Alberione se había incorporado al grupo de seminaristas hacía muy poco, al comienzo del curso escolar. Estudiaba primer año de filosofía. Había apenas superado, a nivel personal, una coyuntura difícil, una crisis (afectiva e intelectual) que puso en vilo su trayectoria, interrumpiendo traumáticamente su estancia en otro seminario, del que fue expulsado. La causa del traspiés parece que se debió a un aluvión de lecturas incontroladas en las que el joven bebió los marasmos de la «gran turbación y desorientación» reinantes en el ambiente, como diría más tarde él mismo. Ahora el voluntarioso Santiago, con la ayuda de varios profesores, sobre todo del canónigo Francisco Chiesa, estaba remontando la corriente. Y lo hacía con toda la refrenada exuberancia, la profunda reflexión y la indomable voluntad de que estaba dotado. Ya entonces «pensaba a lo grande» y quería actuar en consecuencia.

Una ráfaga de luz intensa

Es Año Santo y el papa León XIII ha espoleado a todo el mundo creyente proponiendo un futuro esperanzador en la figura de Jesucristo presentado como Camino, Verdad y Vida: el triple principio de salvación para el mundo que se asomaba a un nuevo e incierto siglo. En el seminario se había vibrado intensamente con estos temas. Se hablaba (anota el P. Alberione en su referida autobiografía) «de las necesidades de la Iglesia, de los nuevos medios del mal, del deber de oponer prensa a prensa, organización a organización, de la necesidad de hacer penetrar el Evangelio en las masas, de las cuestiones sociales...». Y en tal ambiente se llega a la noche-puente entre el siglo XIX y el XX: «Después de la misa solemne de medianoche en la catedral se hizo la adoración solemne y prolongada ante el Santísimo expuesto. Los seminaristas de filosofía y teología tenían libertad para quedarse todo el tiempo que quisieran».

Por supuesto, él se quedó. Y durante cuatro horas explayó su espíritu en una serie de vivencias, iluminaciones y proyectos: «De la Hostia vino una luz especial: mayor comprensión de la invitación de Jesús: “Venid a mí, todos...”; le pareció comprender el corazón del gran papa [León XIII], las invitaciones de la Iglesia, la verdadera misión del sacerdote. Le pareció claro cuanto [se] decía sobre el deber de ser apóstoles de hoy usando los medios utilizados por los adversarios. Se sintió profundamente obligado a prepararse para hacer algo por el Señor y por los hombres del nuevo siglo, con quienes habría de vivir».

En esa prolongada madrugada y primera alba del siglo XX, al amor de Cristo-Eucaristía, el joven Santiago se trazó la pauta de su vida pidiendo «que el siglo naciera en Cristo-Eucaristía, que nuevos apóstoles sanearan las leyes, la escuela, la literatura, la prensa, las costumbres; que la Iglesia tuviera un nuevo empuje misionero; que se usaran bien los nuevos medios de apostolado; que la sociedad acogiese las grandes enseñanzas de las encíclicas de León XIII...». Y no se trató sólo de pedir, sino de comprometerse con un programa. «Desde entonces -sigue recordando él- estos pensamientos dominaron el estudio, la oración, toda la formación. La idea, primero muy confusa, se iba aclarando, y con el pasar de los años llegó a concretarse».

Estaba sembrándose el germen de lo que luego sería su obra innovadora: «La noche que dividió el siglo pasado del corriente fue decisiva para la misión y el espíritu particular con que había de nacer y vivir el futuro apostolado [de la Familia Paulina]».

Los sueños cuajan en realidades

Nos situamos en 1954. Desde hacía cuarenta años, el P. Santiago Alberione había hecho posible aquella idea caldeada en la noche finisecular con la fundación nada menos que de cuatro congregaciones religiosas: la Sociedad de San Pablo, seguida por las Hijas de San Pablo, las Pías Discípulas y las Pastorcitas (tiempo después completaría el cuadro con una quinta Congregación -las Apostolinas- y cuatro Institutos laicales: Gabrielinos, Anunciatinas, Instituto Jesús Sacerdote y Santa Familia). Además había creado la Asociación de los Cooperadores Paulinos y varias otras corporaciones en campo bíblico, catequístico, ecuménico, litúrgico, cultural... En fin, toda una Familia armónicamente organizada para llevar a cabo las finalidades que le habían relampagueado en la inolvidable vigilia eucarística. El diseño inicial había cobrado forma: «Pensaba al principio en una organización católica de escritores, técnicos, libreros, distribuidores católicos...». Nótese que había optado decididamente (y arriesgadamente) por el uso de los «nuevos medios», lo que hoy llamamos «instrumentos de comunicación social», para ponerlos al servicio del Evangelio, cambiándolos de «medios del mal» a medios del bien. Luego «vio con mayor luz: escritores, técnicos, propagandistas, sí; pero religiosos y religiosas... para dar más unidad, más estabilidad, más continuidad, más sobrenaturalidad al apostolado».

El nacimiento y el ulterior afianzamiento y desarrollo de cada una de las ramas religiosas le costó al Fundador esfuerzos sobrehumanos. Pero ahí estaban trabajando ya en el amplio campo de la Iglesia y de la sociedad. «Dios concentró en la Familia Paulina muchas riquezas de gracia», podía constatar el P. Alberione al trazar con sobrios rasgos la aludida autobiografía (a ella pertenecen las frases reproducidas entre comillas). Sí, riquezas experimentadas, embalsadas poco a poco y puestas a disposición de los hombres contemporáneos, como «una corriente de agua que, mientras corre, se engrosa con la lluvia, el deshielo de los glaciares y otros pequeños manantiales. Las aguas así recogidas se van dividiendo y canalizando para el riego de fértiles llanuras y la producción de energía, calor y luz eléctrica».

La semilla sembrada en aquella «noche carismática» había brotado y crecido, como el grano de mostaza evangélico. La Familia Paulina, iniciada el 20 de agosto de 1914, coincidiendo con los inicios de la Primera Guerra mundial, superando las dificultades creadas por ese conflicto y el de 1939-1945, había ido extendiéndose por todos los continentes. En efecto, a mediados de los años cincuenta, las tres primeras Congregaciones (Sociedad de San Pablo, Hijas de San Pablo y Pías Discípulas) y en menor proporción la cuarta (Pastorcitas) estaban ya presentes en Italia, Brasil, Argentina, Estados Unidos, Francia, Japón, España, China, Polonia, Filipinas, India, Portugal, Irlanda, Canadá, Chile, Colombia, Inglaterra, México, Vaticano, Venezuela, Cuba, Australia y Alemania.

Se habían hecho realidad los «sueños apostólicos» acunados ante el Sagrario en el corazón de aquella noche: «Vagando con la mente en el futuro, le parecía [a Santiago Alberione] que en el nuevo siglo personas generosas sentirían cuanto él sentía» y que se le unirían en asociación para actuar en amplia apertura hacia todo el mundo usando los nuevos medios de comunicación... para «dar a conocer a Jesucristo».

Todo había partido de Jesús-Eucaristía, en el misterio de aquella noche finisecular (y de otros muchos momentos de intenso contacto oracional) y todo se cierra en la persona del mismo Jesucristo, el Maestro, Camino, Verdad y Vida para toda la humanidad. Este ha sido el servicio que el P. Alberione quiso prestar a los hombres sus contemporáneos y que su obra fundacional intenta llevar adelante al entrar ahora en un nuevo siglo, en un nuevo milenio de vivencia cristiana.

Teófilo Pérez


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