Dirigimos nuestro objetivo hacia la escena focalizándola en un
triple cuadro, en que se sobreponen el pasado (aún muy corto, pero
ya denso) del joven Alberione, el intensísimo presente experimentado
entonces y el sugestivo futuro entrevisto aquella noche. Los tres tiempos
se entrelazan aún más teniendo en cuenta que el protagonista
encara retrospectivamente su cámara al revivir los hechos cincuenta
años más tarde (en 1954 bosquejó su autobiografía),
por tanto cuando el futuro había cuajado ya en un logrado pretérito,
llenaba un nuevo presente y abría brecha hacia un más allá.
Todo ello muy en consonancia con el lema que el mismo Santiago Alberione
tomaría muy pronto de Pablo: «Me lanzo adelante». La
«noche carismática» fue como el momento de arranque hacia
una meta ideal, el tensar al máximo el arco y dar salida a la flecha
hacia un blanco lejanísimo, ambicioso, entrañablemente deseado:
la ensoñación-programa de un profeta de nuestro tiempo.
Oteando la situación
Últimos meses del año 1900 en Alba, una pequeña ciudad
del Norte de Italia. El ambiente finisecular europeo y mundial estaba cargado
de conflictos: la sociedad en general sufría múltiples desgarros
que a la larga darían lugar a las terroríficas confrontaciones
bélicas (las dos guerras mundiales) en nuestro siglo XX. La Iglesia
se presentaba encastillada tenazmente a la defensiva: salía de un
período de revoluciones (en que había perdido amplias parcelas
de adeptos) y ahora temía el desencadenamiento de otras mucho más
largas e insidiosas; se enfrentaba no sólo a un virulento anticlericalismo
sino, por primera vez, a un «ateísmo de masas» que ponía
en jaque todo valor cristiano y hasta humano; había recuperado mucho
terreno y abierto nuevos frentes en lo social y en lo cultural, pero seguía
siendo una Iglesia asediada y, aun en su propia entraña, se incubaban
movimientos disgregadores, amenazantes. De esta amplia problemática
se les hablaba a los alumnos del seminario de Alba, poniéndoles ante
la perspectiva de su futuro ministerio.
El joven Santiago Alberione se había incorporado al grupo de seminaristas
hacía muy poco, al comienzo del curso escolar. Estudiaba primer año
de filosofía. Había apenas superado, a nivel personal, una
coyuntura difícil, una crisis (afectiva e intelectual) que puso en
vilo su trayectoria, interrumpiendo traumáticamente su estancia en
otro seminario, del que fue expulsado. La causa del traspiés parece
que se debió a un aluvión de lecturas incontroladas en las
que el joven bebió los marasmos de la «gran turbación
y desorientación» reinantes en el ambiente, como diría
más tarde él mismo. Ahora el voluntarioso Santiago, con la
ayuda de varios profesores, sobre todo del canónigo Francisco Chiesa,
estaba remontando la corriente. Y lo hacía con toda la refrenada
exuberancia, la profunda reflexión y la indomable voluntad de que
estaba dotado. Ya entonces «pensaba a lo grande» y quería
actuar en consecuencia.
Una ráfaga de luz intensa
Es Año Santo y el papa León XIII ha espoleado a todo el
mundo creyente proponiendo un futuro esperanzador en la figura de Jesucristo
presentado como Camino, Verdad y Vida: el triple principio de salvación
para el mundo que se asomaba a un nuevo e incierto siglo. En el seminario
se había vibrado intensamente con estos temas. Se hablaba (anota
el P. Alberione en su referida autobiografía) «de las necesidades
de la Iglesia, de los nuevos medios del mal, del deber de oponer prensa
a prensa, organización a organización, de la necesidad de
hacer penetrar el Evangelio en las masas, de las cuestiones sociales...».
Y en tal ambiente se llega a la noche-puente entre el siglo XIX y el XX:
«Después de la misa solemne de medianoche en la catedral se
hizo la adoración solemne y prolongada ante el Santísimo expuesto.
Los seminaristas de filosofía y teología tenían libertad
para quedarse todo el tiempo que quisieran».
Por supuesto, él se quedó. Y durante cuatro horas explayó
su espíritu en una serie de vivencias, iluminaciones y proyectos:
«De la Hostia vino una luz especial: mayor comprensión de la
invitación de Jesús: Venid a mí, todos...;
le pareció comprender el corazón del gran papa [León
XIII], las invitaciones de la Iglesia, la verdadera misión del sacerdote.
Le pareció claro cuanto [se] decía sobre el deber de ser apóstoles
de hoy usando los medios utilizados por los adversarios. Se sintió
profundamente obligado a prepararse para hacer algo por el Señor
y por los hombres del nuevo siglo, con quienes habría de vivir».
En esa prolongada madrugada y primera alba del siglo XX, al amor de Cristo-Eucaristía,
el joven Santiago se trazó la pauta de su vida pidiendo «que
el siglo naciera en Cristo-Eucaristía, que nuevos apóstoles
sanearan las leyes, la escuela, la literatura, la prensa, las costumbres;
que la Iglesia tuviera un nuevo empuje misionero; que se usaran bien los
nuevos medios de apostolado; que la sociedad acogiese las grandes enseñanzas
de las encíclicas de León XIII...». Y no se trató
sólo de pedir, sino de comprometerse con un programa. «Desde
entonces -sigue recordando él- estos pensamientos dominaron el estudio,
la oración, toda la formación. La idea, primero muy confusa,
se iba aclarando, y con el pasar de los años llegó a concretarse».
Estaba sembrándose el germen de lo que luego sería su obra
innovadora: «La noche que dividió el siglo pasado del corriente
fue decisiva para la misión y el espíritu particular con que
había de nacer y vivir el futuro apostolado [de la Familia Paulina]».
Los sueños cuajan en realidades
Nos situamos en 1954. Desde hacía cuarenta años, el P. Santiago
Alberione había hecho posible aquella idea caldeada en la noche finisecular
con la fundación nada menos que de cuatro congregaciones religiosas:
la Sociedad de San Pablo, seguida por las Hijas de San Pablo, las Pías
Discípulas y las Pastorcitas (tiempo después completaría
el cuadro con una quinta Congregación -las Apostolinas- y cuatro
Institutos laicales: Gabrielinos, Anunciatinas, Instituto Jesús Sacerdote
y Santa Familia). Además había creado la Asociación
de los Cooperadores Paulinos y varias otras corporaciones en campo bíblico,
catequístico, ecuménico, litúrgico, cultural... En
fin, toda una Familia armónicamente organizada para llevar a cabo
las finalidades que le habían relampagueado en la inolvidable vigilia
eucarística. El diseño inicial había cobrado forma:
«Pensaba al principio en una organización católica de
escritores, técnicos, libreros, distribuidores católicos...».
Nótese que había optado decididamente (y arriesgadamente)
por el uso de los «nuevos medios», lo que hoy llamamos «instrumentos
de comunicación social», para ponerlos al servicio del Evangelio,
cambiándolos de «medios del mal» a medios del bien. Luego
«vio con mayor luz: escritores, técnicos, propagandistas, sí;
pero religiosos y religiosas... para dar más unidad, más estabilidad,
más continuidad, más sobrenaturalidad al apostolado».
El nacimiento y el ulterior afianzamiento y desarrollo de cada una de las
ramas religiosas le costó al Fundador esfuerzos sobrehumanos. Pero
ahí estaban trabajando ya en el amplio campo de la Iglesia y de la
sociedad. «Dios concentró en la Familia Paulina muchas riquezas
de gracia», podía constatar el P. Alberione al trazar con sobrios
rasgos la aludida autobiografía (a ella pertenecen las frases reproducidas
entre comillas). Sí, riquezas experimentadas, embalsadas poco a poco
y puestas a disposición de los hombres contemporáneos, como
«una corriente de agua que, mientras corre, se engrosa con la lluvia,
el deshielo de los glaciares y otros pequeños manantiales. Las aguas
así recogidas se van dividiendo y canalizando para el riego de fértiles
llanuras y la producción de energía, calor y luz eléctrica».
La semilla sembrada en aquella «noche carismática» había
brotado y crecido, como el grano de mostaza evangélico. La Familia
Paulina, iniciada el 20 de agosto de 1914, coincidiendo con los inicios
de la Primera Guerra mundial, superando las dificultades creadas por ese
conflicto y el de 1939-1945, había ido extendiéndose por todos
los continentes. En efecto, a mediados de los años cincuenta, las
tres primeras Congregaciones (Sociedad de San Pablo, Hijas de San Pablo
y Pías Discípulas) y en menor proporción la cuarta
(Pastorcitas) estaban ya presentes en Italia, Brasil, Argentina, Estados
Unidos, Francia, Japón, España, China, Polonia, Filipinas,
India, Portugal, Irlanda, Canadá, Chile, Colombia, Inglaterra, México,
Vaticano, Venezuela, Cuba, Australia y Alemania.
Se habían hecho realidad los «sueños apostólicos»
acunados ante el Sagrario en el corazón de aquella noche: «Vagando
con la mente en el futuro, le parecía [a Santiago Alberione] que
en el nuevo siglo personas generosas sentirían cuanto él sentía»
y que se le unirían en asociación para actuar en amplia apertura
hacia todo el mundo usando los nuevos medios de comunicación... para
«dar a conocer a Jesucristo».
Todo había partido de Jesús-Eucaristía, en el misterio
de aquella noche finisecular (y de otros muchos momentos de intenso contacto
oracional) y todo se cierra en la persona del mismo Jesucristo, el Maestro,
Camino, Verdad y Vida para toda la humanidad. Este ha sido el servicio que
el P. Alberione quiso prestar a los hombres sus contemporáneos y
que su obra fundacional intenta llevar adelante al entrar ahora en un nuevo
siglo, en un nuevo milenio de vivencia cristiana.
Teófilo Pérez