Sociedad de San Pablo
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La otra noche iluminada

No te lo querrás creer -querido Santiago Alberione-, pero, por encima de todos tus proyectos de entonces, han caído ya las cenizas de cien años. No te diré que han cubierto con sus lavas todas las iniciativas soñadas en aquella noche ante el sagrario, pero tú mismo puedes considerar desde la altura en que te has establecido tras tu muerte que apenas si te ha quedado entre las manos alguna exigencia a la que no hayas pretendido acudir con tu obra, con tus hijos de hoy y de antes de ayer.


En aquella larga noche de la catedral de Alba del año 1900 te imaginabas que todo estaba naciendo en ti como si de repente te explotara en las entrañas la lava de un volcán: el volcán Alberione que alguien descubriría en ti muchos años más tarde. Pero lo cierto fue que tu despertar en la madrugada del siglo XX no fue un despertar plácido, sino turbulento más bien y profundamente preocupado. Supiste con claridad que nada, en tu vida, iba a ser como hasta entonces había sido. Porque, en el fondo, estabas convencido de que no se pasa impunemente por entre las llamas de una fragua o de un incendio: te habías metido en el corazón de Jesucristo, te habías acercado a la hoguera siempre incendiaria de la Iglesia y te habías convencido de que tu vocación no iba a ser la del bombero que apaga fuegos para que no se alcen las llamas, sino que ibas a convertirte en uno de esos pirómanos providenciales por los que clamaba Jesús cuando decía que lo que estaba esperando en la tierra era la aparición de gentes que aspiraran a dar al mundo el golpe de luz y amor que el mundo estaba necesitando.

Ahora, cuando en esta noche final del siglo XX miras desde la altura cuanto ha pasado en este siglo de las comunicaciones, una cosa debes tener en cuenta: que el mundo no ha cambiado mucho -los hombres siempre son iguales- pero que el tren de las comunicaciones es un tren que ha arrasado distancias y que se ha convertido en convoy y cita de todas las estaciones. Mira, Santiago: ese mundo de la noticia y de la técnica que la lleva y la trae y la clava es un mundo que se ha universalizado de manera vertiginosa. La prensa se ha apoderado de todos los rincones y anda en manos de empresas suficientemente comprometidas con intereses bastardos más que con la verdad. Ya sabes, Santiago: se deforma la noticia, se la decanta y manosea, se la humilla, se la elude. El silencio es una manera nefanda de corromper la realidad. Y hay muchos órganos de prensa -de prensa escrita, ya sabes- que no tienen mucho escrúpulo a la hora de manejar los acontecimientos o a la hora de juzgar -y aun destruir- el prestigio de los demás. Y si es por salir mal o bien parados de estas asechanzas de la prensa, pues ya sabes: quien peor lo pasa, habitualmente, es la Iglesia. Y las cosas de la Iglesia. Se le discute todo, se le niega casi todo, se le confunden las intenciones y se le cuelgan unos intereses que jamás pasaron por sus mientes. El caso es quitarle autoridad, ya sabes. O sembrarle de piedras el camino. Tengo para mí que a esto de la prensa escrita habría que darle más volumen. Espero que mis gentes se den cuenta de esta urgencia. Necesitamos periódicos, revistas, boletines, hojas volanderas. Que la gente lea. Que la gente lea más. Que despertemos el ansia de asomarse a una prensa.

Ya sé que podemos pensar que nuestras librerías van bastante bien y que son muchos los sitios en que editamos libros y los vendemos. Ya sé que hay a las puertas de muchas de nuestras Iglesias algún amago de kiosco en que se exhiben casi perentoriamente algunos libros que acabamos de editar en nuestras imprentas. Pero cuando uno va a la feria del libro en Frankfurt, por ejemplo, se encuentra con que pasan de 6.500 las editoriales que allí escaparatean sus productos. Y seamos sinceros: el libro religioso, aun teniendo de por medio el gran empujón de la Biblia, es de los discretos y aun escasos en esta feria. Como fue escaso también en las ferias de Madrid y Barcelona en este mismo año.

Echemos alguna cuenta

...Por cierto: ¿te has dado cuenta de que ahora los periódicos y las revistas también llegan a las gentes en un soporte que se llama «internet»? Tiran de ordenador, le pegan a la tecla oportuna, corren con un ratoncillo hasta un espacio donde hay que pegar una cosa que se llama clic, pinchan a tiempo y allí tienen las páginas de los mismos periódicos más algunos más -que antes se adquirían sólo en el kiosco de la esquina-. Lo repasan en la pantalla. Lo llevan a la gente. Lo brindan una vez y otra: cuantas veces se quiera se puede volver a él hasta chuparle la sangre y dejarse influir por él a toda mecha. Y por si fuera poco esto de llevar el periódico a todos los hogares, ya sabes que ahora hay ordenador e «internet» en todos los colegios y los chavales salen de esta experiencia más listos y preparados que los más adultos, a quienes siempre pillan estas cosas modernas como un poco más allá de los deseos y de las sorpresas. En «internet» lo tienen todo: el museo, la Iglesia, el sexo, el porno, la geografía y la historia. Es decir: un mundo de cultura y de arte y de costumbres. Es decir: toda criatura. La misma criatura a la que se dijo en el Evangelio que había que llevar la luz de la verdad.

Me estoy temiendo, Alberione, que a este universo de “internet”, que cada día va a ser mucho más ancho, estamos llegando ya un poco tarde. No sé cuántas páginas tenemos incorporadas ya y funcionando a tope. No sé tampoco si hemos creado ya o no hemos creado todavía una empresa que incorpore a las páginas de «internet» todos los esfuerzos que en este campo se vayan realizando por los comunicadores de la fe si antes no vuelven a quedarse tan al pairo como habitualmente nos hemos ido quedando sobre todos y cada uno de los medios que han ido apareciendo en el horizonte. ¿Te acuerdas de lo que sucedió con la radio? ¿Te acuerdas de lo que nos sucedió con el cine? ¿No tienes presente y delirante lo que nos sigue pasando con la televisión? Abre, si quieres, el aparato. El televisor, digo. Esta noche, cuando termines esta reflexión que estás haciendo al hilo del nacimiento de este nuevo siglo, ya verás como no encuentras en la plural programación de esta noche muchos motivos para la seriedad y el compromiso. No te digo ya el compromiso religioso, que casi sería como pedir peras al olmo. No se trata de eso. Me contentaría con encontrar en sus imágenes una llamada a la seriedad y el compromiso social. Una llamada a la fraternidad universal y por encima de todos los desencuentros. ¿De verdad que nosotros no podríamos ofrecer al mundo un mensaje definitivo de paz y de concordia? ¿De verdad que no deberíamos estar ocupando con nuestras páginas en «internet» esa cátedra sencilla del sosiego, de la fraternidad universal? Porque ¿quién sino el Cristo en que creemos ha sido el verdadero apóstol de la concordia entre los pueblos y del amor intenso entre los hermanos?... ¿Pero no tenemos una televisión que esté abierta de par en par a estos mensajes repetidos, persistentes, hermosamente tercos? Lo más que ahora se nos permite -al menos en esta televisión que tenemos de prestadillo- es que hagamos unos cultos o digamos a horas bastante discriminadas y difíciles unos mensajes que vienen machacados por la escasa producción que se les asigna o por la rapidez con que hay que confeccionar los espacios. Me temo, querido Alberione, que, por lo que sea, esta sigue siendo una asignatura que habrá que aprobar en un tiempo -esperemos- apretadamente cercano.

De cine más vale que no hablemos demasiado, aunque sería de él de quien más deberíamos hablar porque ha sido -para nuestra desgracia y nuestro rubor- una asignatura que teníamos poco menos que aprobada y a la que hemos dado masculillo a poco que se ha descuidado. Nos decimos que el cine sigue siendo caro. Nos decimos que sigue reclamando una formación estética que, posiblemente, ni tenemos ahora ni nos hemos preocupado de ir almacenando en los muchos años que llevamos de experiencia cinematográfica. Hubo un tiempo -no muy lejano- en que teníamos alguna distribuidora de cine, alguna colaboración con determinadas salas, alguna participación en la producción de películas que resultaban ejemplares y que no eran, precisamente, un fracaso económico. Me atrevería a imaginar que, por haber acertado en algunas cosas fundamentales, hasta teníamos un cierto sentido del negocio, que siempre ha sido una cosa que hemos descuidado porque hemos creído que no tenía mucho que ver con el apostolado... ¿Lo hemos lanzado todo por la borda? ¿Nos hemos persuadido, acaso, de que el cine ha sido desvalijado por la televisión como si no fuera la televisión de nuestros días el aula principal del cine de nuestros días? ¿Hemos calculado alguna vez cuántas películas se exhiben cotidianamente en la televisión y cuál es el influjo que desde las pequeñas pantallas sigue ejerciendo el cine en la formación de las mentalidades más jóvenes?

Y otra cosa: ¿en cuánto estamos contribuyendo a que los padres cristianos alcancen una formación responsable que los defienda frente a la acusación que los hijos les hacen de no saber estar al día de este ir y venir de las comunicaciones? Porque esta es otra, Alberione: que a lo mejor nos hemos quedado en una especie de arriesgada autodefensa que de lo único de lo que da razón y cuenta es del miedo que nos produce este universo de la imagen y de la letra. Total: que hay que echarle mucho coraje a este asunto. Total: que, en esta noche en que se nos acaba el siglo XX y en que damos un paso de paz y esfuerzo a los anales del siglo XXI, una cosa resulta absolutamente inevitable: que volvamos a plantearnos muy seriamente este universo de la comunicación que se asoma -por «internet»- a uno de los más agresivos modos de entrar en la vida de las gentes. Ya no vale solamente la defensa. Al revés: a lo que hay que ir ahora es a la agresión. Respetuosa, pero agresión. Libre con libertad que la verdad nos da pero, por eso mismo, muy fiel a las normas que la comunicación nos dicta en cualquiera de sus medios más modernos.

(¡Oh Dios mío! Otra vez, como hace cien años, se me ha echado la madrugada encima. Otra vez he llegado -pero con cuánta mayor urgencia- a las mismas conclusiones de entonces. Nos espera el mundo y tenemos en las manos nada menos que la verdad, nada menos que la mayor de las bellezas. Un siglo que comienza es un formidable empujón que el tiempo nos da y que el Señor del tiempo nos bendice).

Eduardo T. Gil de Muro


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