En aquella larga noche de la catedral de Alba del año 1900 te
imaginabas que todo estaba naciendo en ti como si de repente te explotara
en las entrañas la lava de un volcán: el volcán Alberione
que alguien descubriría en ti muchos años más tarde.
Pero lo cierto fue que tu despertar en la madrugada del siglo XX no fue
un despertar plácido, sino turbulento más bien y profundamente
preocupado. Supiste con claridad que nada, en tu vida, iba a ser como hasta
entonces había sido. Porque, en el fondo, estabas convencido de que
no se pasa impunemente por entre las llamas de una fragua o de un incendio:
te habías metido en el corazón de Jesucristo, te habías
acercado a la hoguera siempre incendiaria de la Iglesia y te habías
convencido de que tu vocación no iba a ser la del bombero que apaga
fuegos para que no se alcen las llamas, sino que ibas a convertirte en uno
de esos pirómanos providenciales por los que clamaba Jesús
cuando decía que lo que estaba esperando en la tierra era la aparición
de gentes que aspiraran a dar al mundo el golpe de luz y amor que el mundo
estaba necesitando.
Ahora, cuando en esta noche final del siglo XX miras desde la altura
cuanto ha pasado en este siglo de las comunicaciones, una cosa debes tener
en cuenta: que el mundo no ha cambiado mucho -los hombres siempre son iguales-
pero que el tren de las comunicaciones es un tren que ha arrasado distancias
y que se ha convertido en convoy y cita de todas las estaciones. Mira, Santiago:
ese mundo de la noticia y de la técnica que la lleva y la trae y
la clava es un mundo que se ha universalizado de manera vertiginosa. La
prensa se ha apoderado de todos los rincones y anda en manos de empresas
suficientemente comprometidas con intereses bastardos más que con
la verdad. Ya sabes, Santiago: se deforma la noticia, se la decanta y manosea,
se la humilla, se la elude. El silencio es una manera nefanda de corromper
la realidad. Y hay muchos órganos de prensa -de prensa escrita, ya
sabes- que no tienen mucho escrúpulo a la hora de manejar los acontecimientos
o a la hora de juzgar -y aun destruir- el prestigio de los demás.
Y si es por salir mal o bien parados de estas asechanzas de la prensa, pues
ya sabes: quien peor lo pasa, habitualmente, es la Iglesia. Y las cosas
de la Iglesia. Se le discute todo, se le niega casi todo, se le confunden
las intenciones y se le cuelgan unos intereses que jamás pasaron
por sus mientes. El caso es quitarle autoridad, ya sabes. O sembrarle de
piedras el camino. Tengo para mí que a esto de la prensa escrita
habría que darle más volumen. Espero que mis gentes se den
cuenta de esta urgencia. Necesitamos periódicos, revistas, boletines,
hojas volanderas. Que la gente lea. Que la gente lea más. Que despertemos
el ansia de asomarse a una prensa.
Ya sé que podemos pensar que nuestras librerías van bastante
bien y que son muchos los sitios en que editamos libros y los vendemos.
Ya sé que hay a las puertas de muchas de nuestras Iglesias algún
amago de kiosco en que se exhiben casi perentoriamente algunos libros que
acabamos de editar en nuestras imprentas. Pero cuando uno va a la feria
del libro en Frankfurt, por ejemplo, se encuentra con que pasan de 6.500
las editoriales que allí escaparatean sus productos. Y seamos sinceros:
el libro religioso, aun teniendo de por medio el gran empujón de
la Biblia, es de los discretos y aun escasos en esta feria. Como fue escaso
también en las ferias de Madrid y Barcelona en este mismo año.
Echemos alguna cuenta
...Por cierto: ¿te has dado cuenta de que ahora los periódicos
y las revistas también llegan a las gentes en un soporte que se llama
«internet»? Tiran de ordenador, le pegan a la tecla oportuna,
corren con un ratoncillo hasta un espacio donde hay que pegar una cosa que
se llama clic, pinchan a tiempo y allí tienen las páginas
de los mismos periódicos más algunos más -que antes
se adquirían sólo en el kiosco de la esquina-. Lo repasan
en la pantalla. Lo llevan a la gente. Lo brindan una vez y otra: cuantas
veces se quiera se puede volver a él hasta chuparle la sangre y dejarse
influir por él a toda mecha. Y por si fuera poco esto de llevar el
periódico a todos los hogares, ya sabes que ahora hay ordenador e
«internet» en todos los colegios y los chavales salen de esta
experiencia más listos y preparados que los más adultos, a
quienes siempre pillan estas cosas modernas como un poco más allá
de los deseos y de las sorpresas. En «internet» lo tienen todo:
el museo, la Iglesia, el sexo, el porno, la geografía y la historia.
Es decir: un mundo de cultura y de arte y de costumbres. Es decir: toda
criatura. La misma criatura a la que se dijo en el Evangelio que había
que llevar la luz de la verdad.
Me estoy temiendo, Alberione, que a este universo de internet,
que cada día va a ser mucho más ancho, estamos llegando ya
un poco tarde. No sé cuántas páginas tenemos incorporadas
ya y funcionando a tope. No sé tampoco si hemos creado ya o no hemos
creado todavía una empresa que incorpore a las páginas de
«internet» todos los esfuerzos que en este campo se vayan realizando
por los comunicadores de la fe si antes no vuelven a quedarse tan al pairo
como habitualmente nos hemos ido quedando sobre todos y cada uno de los
medios que han ido apareciendo en el horizonte. ¿Te acuerdas de lo
que sucedió con la radio? ¿Te acuerdas de lo que nos sucedió
con el cine? ¿No tienes presente y delirante lo que nos sigue pasando
con la televisión? Abre, si quieres, el aparato. El televisor, digo.
Esta noche, cuando termines esta reflexión que estás haciendo
al hilo del nacimiento de este nuevo siglo, ya verás como no encuentras
en la plural programación de esta noche muchos motivos para la seriedad
y el compromiso. No te digo ya el compromiso religioso, que casi sería
como pedir peras al olmo. No se trata de eso. Me contentaría con
encontrar en sus imágenes una llamada a la seriedad y el compromiso
social. Una llamada a la fraternidad universal y por encima de todos los
desencuentros. ¿De verdad que nosotros no podríamos ofrecer
al mundo un mensaje definitivo de paz y de concordia? ¿De verdad
que no deberíamos estar ocupando con nuestras páginas en «internet»
esa cátedra sencilla del sosiego, de la fraternidad universal? Porque
¿quién sino el Cristo en que creemos ha sido el verdadero
apóstol de la concordia entre los pueblos y del amor intenso entre
los hermanos?... ¿Pero no tenemos una televisión que esté
abierta de par en par a estos mensajes repetidos, persistentes, hermosamente
tercos? Lo más que ahora se nos permite -al menos en esta televisión
que tenemos de prestadillo- es que hagamos unos cultos o digamos a horas
bastante discriminadas y difíciles unos mensajes que vienen machacados
por la escasa producción que se les asigna o por la rapidez con que
hay que confeccionar los espacios. Me temo, querido Alberione, que, por
lo que sea, esta sigue siendo una asignatura que habrá que aprobar
en un tiempo -esperemos- apretadamente cercano.
De cine más vale que no hablemos demasiado, aunque sería
de él de quien más deberíamos hablar porque ha sido
-para nuestra desgracia y nuestro rubor- una asignatura que teníamos
poco menos que aprobada y a la que hemos dado masculillo a poco que se ha
descuidado. Nos decimos que el cine sigue siendo caro. Nos decimos que sigue
reclamando una formación estética que, posiblemente, ni tenemos
ahora ni nos hemos preocupado de ir almacenando en los muchos años
que llevamos de experiencia cinematográfica. Hubo un tiempo -no muy
lejano- en que teníamos alguna distribuidora de cine, alguna colaboración
con determinadas salas, alguna participación en la producción
de películas que resultaban ejemplares y que no eran, precisamente,
un fracaso económico. Me atrevería a imaginar que, por haber
acertado en algunas cosas fundamentales, hasta teníamos un cierto
sentido del negocio, que siempre ha sido una cosa que hemos descuidado porque
hemos creído que no tenía mucho que ver con el apostolado...
¿Lo hemos lanzado todo por la borda? ¿Nos hemos persuadido,
acaso, de que el cine ha sido desvalijado por la televisión como
si no fuera la televisión de nuestros días el aula principal
del cine de nuestros días? ¿Hemos calculado alguna vez cuántas
películas se exhiben cotidianamente en la televisión y cuál
es el influjo que desde las pequeñas pantallas sigue ejerciendo el
cine en la formación de las mentalidades más jóvenes?
Y otra cosa: ¿en cuánto estamos contribuyendo a que los
padres cristianos alcancen una formación responsable que los defienda
frente a la acusación que los hijos les hacen de no saber estar al
día de este ir y venir de las comunicaciones? Porque esta es otra,
Alberione: que a lo mejor nos hemos quedado en una especie de arriesgada
autodefensa que de lo único de lo que da razón y cuenta es
del miedo que nos produce este universo de la imagen y de la letra. Total:
que hay que echarle mucho coraje a este asunto. Total: que, en esta noche
en que se nos acaba el siglo XX y en que damos un paso de paz y esfuerzo
a los anales del siglo XXI, una cosa resulta absolutamente inevitable: que
volvamos a plantearnos muy seriamente este universo de la comunicación
que se asoma -por «internet»- a uno de los más agresivos
modos de entrar en la vida de las gentes. Ya no vale solamente la defensa.
Al revés: a lo que hay que ir ahora es a la agresión. Respetuosa,
pero agresión. Libre con libertad que la verdad nos da pero, por
eso mismo, muy fiel a las normas que la comunicación nos dicta en
cualquiera de sus medios más modernos.
(¡Oh Dios mío! Otra vez, como hace cien años,
se me ha echado la madrugada encima. Otra vez he llegado -pero con cuánta
mayor urgencia- a las mismas conclusiones de entonces. Nos espera el mundo
y tenemos en las manos nada menos que la verdad, nada menos que la mayor
de las bellezas. Un siglo que comienza es un formidable empujón que
el tiempo nos da y que el Señor del tiempo nos bendice).
Eduardo T. Gil de Muro