No es casualidad que en el relato escrito por el mismo Fundador, la «luz
especial» se proyecta implacablemente y poco a poco sobre los innumerables
problemas misioneros que no podía resolver solo sino con «otros».
Es inútil subrayar la comezón que atormentaba al joven Alberione,
hasta el punto de que «se sintió profundamente obligado a prepararse
para hacer algo por el Señor y por los hombres del nuevo siglo y
trabajar con otros», cada vez más convencido de que «es
necesario desarrollar toda la personalidad humana para la propia salvación
y para un apostolado más fecundo» en beneficio de todos.
Desde hacía siglos, esto es, mucho antes de que se publicara el
decreto conciliar Ad gentes sobre la actividad misionera, se sabía
que «la Iglesia peregrinante es, por su naturaleza, misionera, puesto
que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del
Espíritu Santo, según el propósito de Dios Padre».
Por consiguiente, antes de ser obra nuestra; más aún, antes
de ser obra de los mismos apóstoles, es decir, de los «enviados»,
de los «misioneros» de Cristo («Id por todo el mundo y
predicad el Evangelio a toda criatura»), la misión es obra
de Dios.
Una misión para todos
En consecuencia «la primera», el campo de la evangelización
no puede limitarse a los llamados «países de misión»:
el servicio del Evangelio no puede ser circunscrito por ninguna frontera
geográfica, al estar destinado, por altísima e infalible voluntad,
a todos los países, a todas las culturas, a todos los ambientes,
a todas las religiones; en una palabra, a todos los hombres, empezando por
los cristianos, particularmente por aquellos -y no son pocos- que no reflexionan
casi nunca sobre su salvación eterna, sobre el sentido del pecado
y sobre el problema de si Dios tiene algún derecho o interés
a su respecto. Last but non least no deben olvidarse los no evangelizados,
«muy numerosos, por cierto», a la sombra misma de nuestras seculares
catedrales y de nuestros campanarios, que se han vuelto casi mudos para
no turbar el silencio «ecológico» de cuantos no sólo
se desentienden de sus «voces», a veces incómodas, sino
que las detestan rabiosamente.
Segunda consecuencia: la responsabilidad del anuncio del Evangelio ya
no es una tarea reservada a los «especialistas», sino un empeño
colectivo que implica a todos los cristianos que habrán de ser catequizados
sobre su deber misionero. En otras palabras, la misión de testimoniar
el Evangelio en la vida cotidiana es nada menos que un elemento constitutivo
de la vocación de todo bautizado: esto debe predicarse desde los
tejados.
Tercera consecuencia: de-be iluminar toda la vida del hombre, a saber,
el mundo de la familia, del trabajo, de la sociedad, del estudio, desde
las materias humanísticas hasta las ciencias. Para Léon Bloy
la literatura había de entenderse como servicio a Dios y a su reino.
Para el P. Alberione (a quien le apasionaba la confesión del punzante
polemista francés en La mujer pobre: «No hay más que
una tristeza, la de no ser santos») todo lo conocible humano debía
estar al servicio del Evangelio.
Por delante del Vaticano II
Más que con sus palabras -que llenarían muchas páginas-
he intentado comentar a vuelo de pájaro los temas centrales de los
dos documentos oficiales de la Iglesia con el pensamiento del P. Alberione,
traducido por él en su existencia y en sus instituciones.
A los treinta años el P. Alberione funda la primera Congregación
religiosa y a su muerte deja 5, más 4 Institutos agregados presentes
en 35 naciones de los 5 continentes con un centenar de imprentas, que editan
millones de copias de libros, dando precedencia a los Evangelios, la Biblia,
el Misal, los Catecismos y las Máximas eternas, vendidos a través
de 200 librerías y la propaganda casa por casa. Si le pesa el no
haber podido realizar muchos «sueños» de sus ardientes
aspiraciones misioneras (sobre todo... el periódico), da gracias
a Dios que le ha permitido ofrecer a la Iglesia el semanario católico
más difundido en el mundo, Famiglia Cristiana, y el brasileño
El Domingo, con dos millones de ejemplares al mes; 12 filmes, 64 documentales,
400 títulos de discos; 6 radiotransmisoras en Brasil y Japón;
43 centros de apostolado litúrgico, y 73 asilos infantiles...
Por elocuentes que puedan parecer estas cifras no nos revelan aún
el verdadero rostro de este «campesino» («¡Que venga
a casa y empiece a cavar también él!», rezongaba su
padre contra el seminarista en crisis), de este sacerdote que «avanzaba
con los tiempos» desafiando a «los que ensalzaban el pasado»
con escandalizadora audacia: «Es inútil decir: Antes
no se hacía así; hace años esto no existía.
Las almas de antes ya están en el cielo o en el infierno;
tenemos que salvar a las almas de hoy. ¡Todos los santos han hecho
lo mismo!»; de este pionero que, en el momento justo, fue inspirado
por lo alto y arrastrado al par por su genio innato y su indómita
voluntad para adelantarse al común de los mortales y ofrecer «lo
diferente», no ciertamente por exhibicionismo, sino porque esto «diferente»
le parecía la solución de determinados problemas hasta entonces
apenas tocados por otros, el camino más eficaz, si bien el más
incómodo, para alcanzar el fin en que creía y por el que se
había jugado la vida con absoluta, total disponibilidad y dedicación.
En otras palabras, para dar más gloria a Dios y salvar al mayor
número posible de almas, deseó que los miembros de la Familia
Paulina sintieran «la vocación divina» de los medios
de masas no como «una de las muchas actividades de buenas personas
ya muy ocupadas», sino como «objetivo único» de
su vida.
Más claramente aún, este «industrial evangélico»
(como lo definió un psicólogo salesiano), que soñó
con «un ejército de sujetos preparados» que «con
los medios más rápidos y modernos en función del Evangelio
multiplicaran sus frutos en el tiempo y el espacio», puso la industria
al servicio de la evangelización, acabando con aquella interinidad
que por desdicha mortificaba la eficacia de cierta «buena prensa»
de entonces. En consecuencia -insistía-, ni puede ser banal la forma
del decir, ni se descuidará la técnica, ni será vulgar
el contenido. Difundir entre las masas la esencia de la doctrina cristiana,
presentándola de forma decorosa; mejor aún, «agradable»,
como la exigía en las «prédicas» uno de los genios
más grandes de la humanidad, san Agustín («delectare
oportet»).
Es sorprendente el que este sacerdote -según Pablo VI «humilde,
silencioso, absorto en sus pensamientos»- estuviera «obsesionado»
por la «propaganda», que, repetía hasta cansar, «constituye
el gran problema del Apostolado de la prensa... y ha de hacerse con la cabeza
y no con los pies». A mí -que me encomendó la dirección
de la Editorial italiana- más de una vez me advirtió con una
sonrisa: «Recuerda que el libro no vale nada, si no mejora a la gente»,
dejando que yo sacara las transparentísimas conclusiones. En las
múltiples formas de «propaganda» excogitadas por él
entran las librerías.
Que el P. Alberione, habituado a pensar a lo grande, quisiera y sustancialmente,
al menos en parte, alcanzara «lo diferente» a que aludía;
que la adopción del método industrial «cristianizado»
(adjetivo y cursivo son suyos), «que conlleva, por su naturaleza,
la obligación de la continua puesta al día y la complementariedad
de muchos sectores», lo reconoció el mismo Pablo VI, cuando
el 28 de junio de 1969, colgándole al pecho la cruz «Pro Ecclesia
et Pontifice», dijo: «Nuestro P. Alberione ha dado a la Iglesia
nuevos instrumentos para expresarse, nuevos medios para dar vigor y amplitud
a su apostolado, nueva capacidad y nueva conciencia de la validez y posibilidad
de su misión en el mundo moderno y con medios modernos... La Sociedad
de San Pablo... se inscribe realmente en la historia y en la vida de la
Iglesia. Y nos sentimos felices de constatar este hecho consolador y de
dar testimonio del mismo. Vosotros en la vida de la Iglesia habéis
realizado, ante et post litteram, muchos postulados del Concilio ecuménico
en el campo de las comunicaciones sociales».
San Pablo, el santo de la universalidad
La Familia Paulina recibe su nombre de una de las más gigantescas
figuras de la historia: «Pablo Apóstol Mártir»
(por definirlo con su epígrafe sepulcral). Por consiguiente «todos»
aquellos que forman parte de ella, subraya el P. Alberione, «sólo
deben considerarle a él como padre, maestro, ejemplar y fundador».
Y he aquí su motivación esencial y lapidaria: «San Pablo
es el santo de la universalidad, el Apóstol por excelencia. Por tanto,
todo apostolado y cada apostolado pueden inspirarse en él».
La admiración y devoción del P. Alberione por el convertido
de Damasco «empiezan por el estudio y la meditación de la Carta
a los romanos», de la cual llega a afirmar que «es el primer
y principal ensayo de apostolado de las ediciones, el ejemplo sobre el que
deberían modelarse todas las ediciones paulinas». Por eso,
en la monumental iglesia que hizo levantar en Alba, quiso que se pusiera
de relieve la escena del «Apóstol que dicta su grandiosa Carta
a los romanos. El cuadro en su conjunto representa perfectamente la índole
y la finalidad de nuestro apostolado: llevar el evangelio a todos los hombres
de todos los tiempos».
Entre los múltiples aspectos de la personalidad y de la obra de
Pablo, subrayados a lo largo de los siglos en mil elogios y definiciones,
el hijo de campesinos piamonteses prefirió «la universalidad»
de aquel cuyos escritos constituyen cronológicamente los primeros
documentos del cristianismo en absoluto. Como «amante» de la
historia eclesiástica que era, conocía, por ejemplo, lo que
Orígenes, esto es, el primer comentador sistemático de las
cartas paulinas, refería a propósito de aquellos que afirmaban
que en el cielo «Pablo está a la derecha del Salvador y Marción
a la izquierda» y sonreía complacido. Conocía también
la acertada definición que san Andrés de Creta, el mejor homilista
bizantino, dio del Apóstol llamándolo con el adjetivo griego
«thespesios», es decir, «aquel cuyo nombre sólo
puede proferir un dios» (el inefable). Y podría continuar,
recordando a aquellos que polémicamente han imaginado a Pablo nada
menos que como «fundador del cristianismo».
Naturalmente, al P. Alberione le gustó más que cualquier
otra la definición que Dios mismo formuló de su encarnizado
perseguidor: «Él es un instrumento que he elegido para llevar
mi nombre a los paganos, a los reyes y a los israelitas». El interesado
reivindicó siempre con extrema vivacidad este privilegio autodefiniéndose
«doctor gentium» (maestro de los paganos), que en su basílica
sepulcral se explicitó en «doctor mundi» o se transformó
en un dístico latino, que los antiguos colectores de epígrafes
romanos transcribieron sobre su tumba: «Aquí yace aquel Pablo
que se elevó más alto que los cielos / y a quien el mundo
entero es deudor de haber creído a Cristo».
El P. Alberione dio, pues, en el blanco cuando vio en Pablo al «santo
de la universalidad», sea -como explica- «por la huella que
imprimió en la organización de la Iglesia primitiva, sea por
el celo hacia todos los pueblos», sea porque proclamó que «en
Cristo se concentran todas las cosas»: ángeles, hombres de
todos los tiempos y lugares, de todas las razas, clases y religiones; civilizaciones
y cosmos. No se comprendería a este sacerdote esquivo y silencioso
(decía: «San Pablo escribió 14 cartas y en 12 se mete
con los charlatanes porque los charlatanes roban la paz»), si su universalidad
misionera, inspirada en la del Apóstol, se extendiera sólo
«a todo el mundo» o «a todos los pueblos». Es una
universalidad que se abre a todas las categorías de personas, a todos
los problemas, a todos los hechos, que han de juzgarse a la luz del Evangelio.
Se debe hacer sentir la presencia de la Iglesia en todo problema con espíritu
de adaptación a todas las necesidades». Y en otro lugar insiste:
«En primer lugar debéis dar la doctrina que salva; en segundo
lugar, penetrar todo el pensamiento y el saber humano del Evangelio. No
habléis sólo de religión, hablad de todo cristianamente».
La irrupción de Pablo como un huracán en el cuadro misionero
integrador de la Iglesia madre de Jerusalén, para «no correr
en va-no» en el imperio de los Césares su apasionante aventura
que lo llevará al martirio, está en el origen del primer plan
pastoral o misionero completo del cristianismo. Esta conducta paulina, sublimada
en una misión tan amplia como el mundo, la historia y la eternidad,
fue un continuo estímulo para el sacerdote fosanés, a quien
le angustiaban ciertos comportamientos pastorales de su tiempo.
Valentín Gambi