Sociedad de San Pablo
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La urgencia de anunciar el evangelio

Todo tuvo su origen en la misa solemne que anunciaba el siglo veinte. Santiago Alberione tenía 16 años cuando advirtió la exigencia de un nuevo apostolado. Cuando, después de la Misa de medianoche, pasó más de «cuatro horas» en adoración, «una luz especial le vino de la Hostia». Era una «luz» esencialmente «misionera» que desde entonces iluminó toda su vida: «primero muy confusa, después se aclaró y con el paso de los años se hizo concreta». En efecto, aquella noche, memorable para él, «fue también decisiva para la misión específica y el espíritu particular con que habría de nacer y vivir la Familia Paulina».


No es casualidad que en el relato escrito por el mismo Fundador, la «luz especial» se proyecta implacablemente y poco a poco sobre los innumerables problemas misioneros que no podía resolver solo sino con «otros».

Es inútil subrayar la comezón que atormentaba al joven Alberione, hasta el punto de que «se sintió profundamente obligado a prepararse para hacer algo por el Señor y por los hombres del nuevo siglo y trabajar con otros», cada vez más convencido de que «es necesario desarrollar toda la personalidad humana para la propia salvación y para un apostolado más fecundo» en beneficio de todos.

Desde hacía siglos, esto es, mucho antes de que se publicara el decreto conciliar Ad gentes sobre la actividad misionera, se sabía que «la Iglesia peregrinante es, por su naturaleza, misionera, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el propósito de Dios Padre». Por consiguiente, antes de ser obra nuestra; más aún, antes de ser obra de los mismos apóstoles, es decir, de los «enviados», de los «misioneros» de Cristo («Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura»), la misión es obra de Dios.

Una misión para todos

En consecuencia «la primera», el campo de la evangelización no puede limitarse a los llamados «países de misión»: el servicio del Evangelio no puede ser circunscrito por ninguna frontera geográfica, al estar destinado, por altísima e infalible voluntad, a todos los países, a todas las culturas, a todos los ambientes, a todas las religiones; en una palabra, a todos los hombres, empezando por los cristianos, particularmente por aquellos -y no son pocos- que no reflexionan casi nunca sobre su salvación eterna, sobre el sentido del pecado y sobre el problema de si Dios tiene algún derecho o interés a su respecto. Last but non least no deben olvidarse los no evangelizados, «muy numerosos, por cierto», a la sombra misma de nuestras seculares catedrales y de nuestros campanarios, que se han vuelto casi mudos para no turbar el silencio «ecológico» de cuantos no sólo se desentienden de sus «voces», a veces incómodas, sino que las detestan rabiosamente.

Segunda consecuencia: la responsabilidad del anuncio del Evangelio ya no es una tarea reservada a los «especialistas», sino un empeño colectivo que implica a todos los cristianos que habrán de ser catequizados sobre su deber misionero. En otras palabras, la misión de testimoniar el Evangelio en la vida cotidiana es nada menos que un elemento constitutivo de la vocación de todo bautizado: esto debe predicarse desde los tejados.

Tercera consecuencia: de-be iluminar toda la vida del hombre, a saber, el mundo de la familia, del trabajo, de la sociedad, del estudio, desde las materias humanísticas hasta las ciencias. Para Léon Bloy la literatura había de entenderse como servicio a Dios y a su reino. Para el P. Alberione (a quien le apasionaba la confesión del punzante polemista francés en La mujer pobre: «No hay más que una tristeza, la de no ser santos») todo lo conocible humano debía estar al servicio del Evangelio.

Por delante del Vaticano II

Más que con sus palabras -que llenarían muchas páginas- he intentado comentar a vuelo de pájaro los temas centrales de los dos documentos oficiales de la Iglesia con el pensamiento del P. Alberione, traducido por él en su existencia y en sus instituciones.

A los treinta años el P. Alberione funda la primera Congregación religiosa y a su muerte deja 5, más 4 Institutos agregados presentes en 35 naciones de los 5 continentes con un centenar de imprentas, que editan millones de copias de libros, dando precedencia a los Evangelios, la Biblia, el Misal, los Catecismos y las Máximas eternas, vendidos a través de 200 librerías y la propaganda casa por casa. Si le pesa el no haber podido realizar muchos «sueños» de sus ardientes aspiraciones misioneras (sobre todo... el periódico), da gracias a Dios que le ha permitido ofrecer a la Iglesia el semanario católico más difundido en el mundo, Famiglia Cristiana, y el brasileño El Domingo, con dos millones de ejemplares al mes; 12 filmes, 64 documentales, 400 títulos de discos; 6 radiotransmisoras en Brasil y Japón; 43 centros de apostolado litúrgico, y 73 asilos infantiles...

Por elocuentes que puedan parecer estas cifras no nos revelan aún el verdadero rostro de este «campesino» («¡Que venga a casa y empiece a cavar también él!», rezongaba su padre contra el seminarista en crisis), de este sacerdote que «avanzaba con los tiempos» desafiando a «los que ensalzaban el pasado» con escandalizadora audacia: «Es inútil decir: “Antes no se hacía así; hace años esto no existía”. Las almas de “antes” ya están en el cielo o en el infierno; tenemos que salvar a las almas de hoy. ¡Todos los santos han hecho lo mismo!»; de este pionero que, en el momento justo, fue inspirado por lo alto y arrastrado al par por su genio innato y su indómita voluntad para adelantarse al común de los mortales y ofrecer «lo diferente», no ciertamente por exhibicionismo, sino porque esto «diferente» le parecía la solución de determinados problemas hasta entonces apenas tocados por otros, el camino más eficaz, si bien el más incómodo, para alcanzar el fin en que creía y por el que se había jugado la vida con absoluta, total disponibilidad y dedicación.

En otras palabras, para dar más gloria a Dios y salvar al mayor número posible de almas, deseó que los miembros de la Familia Paulina sintieran «la vocación divina» de los medios de masas no como «una de las muchas actividades de buenas personas ya muy ocupadas», sino como «objetivo único» de su vida.

Más claramente aún, este «industrial evangélico» (como lo definió un psicólogo salesiano), que soñó con «un ejército de sujetos preparados» que «con los medios más rápidos y modernos en función del Evangelio multiplicaran sus frutos en el tiempo y el espacio», puso la industria al servicio de la evangelización, acabando con aquella interinidad que por desdicha mortificaba la eficacia de cierta «buena prensa» de entonces. En consecuencia -insistía-, ni puede ser banal la forma del decir, ni se descuidará la técnica, ni será vulgar el contenido. Difundir entre las masas la esencia de la doctrina cristiana, presentándola de forma decorosa; mejor aún, «agradable», como la exigía en las «prédicas» uno de los genios más grandes de la humanidad, san Agustín («delectare oportet»).

Es sorprendente el que este sacerdote -según Pablo VI «humilde, silencioso, absorto en sus pensamientos»- estuviera «obsesionado» por la «propaganda», que, repetía hasta cansar, «constituye el gran problema del Apostolado de la prensa... y ha de hacerse con la cabeza y no con los pies». A mí -que me encomendó la dirección de la Editorial italiana- más de una vez me advirtió con una sonrisa: «Recuerda que el libro no vale nada, si no mejora a la gente», dejando que yo sacara las transparentísimas conclusiones. En las múltiples formas de «propaganda» excogitadas por él entran las librerías.

Que el P. Alberione, habituado a pensar a lo grande, quisiera y sustancialmente, al menos en parte, alcanzara «lo diferente» a que aludía; que la adopción del método industrial «cristianizado» (adjetivo y cursivo son suyos), «que conlleva, por su naturaleza, la obligación de la continua puesta al día y la complementariedad de muchos sectores», lo reconoció el mismo Pablo VI, cuando el 28 de junio de 1969, colgándole al pecho la cruz «Pro Ecclesia et Pontifice», dijo: «Nuestro P. Alberione ha dado a la Iglesia nuevos instrumentos para expresarse, nuevos medios para dar vigor y amplitud a su apostolado, nueva capacidad y nueva conciencia de la validez y posibilidad de su misión en el mundo moderno y con medios modernos... La Sociedad de San Pablo... se inscribe realmente en la historia y en la vida de la Iglesia. Y nos sentimos felices de constatar este hecho consolador y de dar testimonio del mismo. Vosotros en la vida de la Iglesia habéis realizado, ante et post litteram, muchos postulados del Concilio ecuménico en el campo de las comunicaciones sociales».

San Pablo, el santo de la universalidad

La Familia Paulina recibe su nombre de una de las más gigantescas figuras de la historia: «Pablo Apóstol Mártir» (por definirlo con su epígrafe sepulcral). Por consiguiente «todos» aquellos que forman parte de ella, subraya el P. Alberione, «sólo deben considerarle a él como padre, maestro, ejemplar y fundador». Y he aquí su motivación esencial y lapidaria: «San Pablo es el santo de la universalidad, el Apóstol por excelencia. Por tanto, todo apostolado y cada apostolado pueden inspirarse en él». La admiración y devoción del P. Alberione por el convertido de Damasco «empiezan por el estudio y la meditación de la Carta a los romanos», de la cual llega a afirmar que «es el primer y principal ensayo de apostolado de las ediciones, el ejemplo sobre el que deberían modelarse todas las ediciones paulinas». Por eso, en la monumental iglesia que hizo levantar en Alba, quiso que se pusiera de relieve la escena del «Apóstol que dicta su grandiosa Carta a los romanos. El cuadro en su conjunto representa perfectamente la índole y la finalidad de nuestro apostolado: llevar el evangelio a todos los hombres de todos los tiempos».

Entre los múltiples aspectos de la personalidad y de la obra de Pablo, subrayados a lo largo de los siglos en mil elogios y definiciones, el hijo de campesinos piamonteses prefirió «la universalidad» de aquel cuyos escritos constituyen cronológicamente los primeros documentos del cristianismo en absoluto. Como «amante» de la historia eclesiástica que era, conocía, por ejemplo, lo que Orígenes, esto es, el primer comentador sistemático de las cartas paulinas, refería a propósito de aquellos que afirmaban que en el cielo «Pablo está a la derecha del Salvador y Marción a la izquierda» y sonreía complacido. Conocía también la acertada definición que san Andrés de Creta, el mejor homilista bizantino, dio del Apóstol llamándolo con el adjetivo griego «thespesios», es decir, «aquel cuyo nombre sólo puede proferir un dios» (el inefable). Y podría continuar, recordando a aquellos que polémicamente han imaginado a Pablo nada menos que como «fundador del cristianismo».

Naturalmente, al P. Alberione le gustó más que cualquier otra la definición que Dios mismo formuló de su encarnizado perseguidor: «Él es un instrumento que he elegido para llevar mi nombre a los paganos, a los reyes y a los israelitas». El interesado reivindicó siempre con extrema vivacidad este privilegio autodefiniéndose «doctor gentium» (maestro de los paganos), que en su basílica sepulcral se explicitó en «doctor mundi» o se transformó en un dístico latino, que los antiguos colectores de epígrafes romanos transcribieron sobre su tumba: «Aquí yace aquel Pablo que se elevó más alto que los cielos / y a quien el mundo entero es deudor de haber creído a Cristo».

El P. Alberione dio, pues, en el blanco cuando vio en Pablo al «santo de la universalidad», sea -como explica- «por la huella que imprimió en la organización de la Iglesia primitiva, sea por el celo hacia todos los pueblos», sea porque proclamó que «en Cristo se concentran todas las cosas»: ángeles, hombres de todos los tiempos y lugares, de todas las razas, clases y religiones; civilizaciones y cosmos. No se comprendería a este sacerdote esquivo y silencioso (decía: «San Pablo escribió 14 cartas y en 12 se mete con los charlatanes porque los charlatanes roban la paz»), si su universalidad misionera, inspirada en la del Apóstol, se extendiera sólo «a todo el mundo» o «a todos los pueblos». Es una universalidad que se abre a todas las categorías de personas, a todos los problemas, a todos los hechos, que han de juzgarse a la luz del Evangelio. Se debe hacer sentir la presencia de la Iglesia en todo problema con espíritu de adaptación a todas las necesidades». Y en otro lugar insiste: «En primer lugar debéis dar la doctrina que salva; en segundo lugar, penetrar todo el pensamiento y el saber humano del Evangelio. No habléis sólo de religión, hablad de todo cristianamente».

La irrupción de Pablo como un huracán en el cuadro misionero integrador de la Iglesia madre de Jerusalén, para «no correr en va-no» en el imperio de los Césares su apasionante aventura que lo llevará al martirio, está en el origen del primer plan pastoral o misionero completo del cristianismo. Esta conducta paulina, sublimada en una misión tan amplia como el mundo, la historia y la eternidad, fue un continuo estímulo para el sacerdote fosanés, a quien le angustiaban ciertos comportamientos pastorales de su tiempo.

Valentín Gambi


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