Sociedad de San Pablo
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Los Papas y el P. Alberione
Una historia de afecto y admiración

Más allá y por encima de las inevitables dificultades burocráticas, la comprensión, el aprecio y el respeto del P. Alberione hacia los Sumos Pontífices y lo que ellos significan fue una de las notas más características de su vida. «El Papa es el gran faro encendido por Jesús a la humanidad para todos los siglos», dejó escrito el Fundador en su autobiografía. Y los Papas le correspondieron con igual aprecio.


Fiel a la vocación universal de difundir la palabra de Dios, el P. Santiago Alberione se entregó por completo a la tarea de anunciarla a todos los hombres con todos los medios. Para lograr la aprobación de un carisma tan novedoso, tuvo que estar en contacto casi permanente con los organismos vaticanos y con los mismos Papas a lo largo de toda su vida. Más allá y por encima de las inevitables dificultades burocráticas, el aprecio y el respeto del P. Alberione hacia los Sumos Pontífices y lo que ellos significan fue una de las notas más características de su vida. «El Papa es el gran faro encendido por Jesús a la humanidad para todos los siglos», escribió en su autobiografía. Y los Papas le correspondieron con igual aprecio.

LEÓN XIII

Es el inspirador y, en cierto sentido, el motor espiritual de la vida del Fundador. Sus enseñanzas constituyen la sustancia del carisma paulino y de su referencia a la palabra de Dios. Nació bajo su pontificado y, desde sus primeros años en la familia y en la parroquia, escuchó los ecos de los grandes documentos leonianos, sobre todo el de la encíclica Rerum novarum. Habiendo ingresado en el seminario de Alba, asimiló con entusiasmo los acontecimientos del Año Santo, que alcanzaron el momento culminante con la publicación de la encíclica Tametsi futura, que de alguna manera consideró dirigida a sí mismo. En efecto, años más tarde escribió así: «Había leído la invitación de León XIII a rezar por el siglo que empezaba». Y fiel al deseo pontificio, pasó la noche de comienzo del siglo XX en ferviente oración eucarística ante el Santísimo en la catedral de Alba, y en adelante se inspiró constantemente en su magisterio (Las abundantes riquezas, n. 14).

PÍO X

Mantuvo con él una clara consonancia espiritual. Sostuvo que su pontificado fue una continuación y profundización del de León XIII. Acogió con entusiasmo la promoción de la comunión frecuente, recomendada también a los niños, así como la superación del abstencionismo político de los católicos, y la vigilancia respecto del modernismo. Le causó profunda tristeza el hecho de que los gobiernos europeos no acogieran la llamada del Papa y se desencadenara así, en 1914, la Primera Guerra mundial. Confesó que su obra «tomó una orientación en conformidad con el ejemplo y la obra de Pío X, siguiendo vías constructivas» (AD 50). Tomó el día de la muerte de este papa, el 20 de agosto de 1914, como fecha de fundación de la Sociedad de San Pablo, la primera rama de lo que más tarde sería la Familia Paulina.

BENEDICTO XV

Fue el primer papa con el que mantuvo relación directa. Asimiló su empeño por la paz y la promoción de la prensa católica. Fue recibido en audiencia durante una de sus estancias en Roma, entre el 2 y el 8 de enero de 1922. De este acontecimiento habla el mismo Alberione en una breve nota publicada en el boletín de la Unión de Cooperadores pa-ra la Buena Prensa (febrero de 1922, p. 2): «En los últimos días, cuando nuestro Director le dijo que muchachos y muchachas habían abrazado esta misión, acogió la noticia con gran alegría, y fijando su mirada penetrante y elocuente en quien le hablaba, lo bendijo con efusivo afecto, a él, a toda la Casa y a sus Coo-peradores». El Pontífice moriría pocos días después, el 1 de febrero del mismo año.

PÍO XI

Admiró el coraje del Pontífice para con los gobiernos contrarios a la Iglesia y opresores de los pueblos. Presentó varias veces a la Santa Sede la petición de la aprobación de su carisma paulino, pero recibió diversas respuestas negativas, porque él introducía una importante novedad: nunca había sucedido que las actividades editoriales ejercidas a través de los medios de comunicación social se elevaran a rango de carisma para almas consagradas. La Sagrada Congregación para los Religiosos respondía que sí, que se dedicasen al apostolado, pero como laicos y laicas que trabajan por el bien de la Iglesia, mas sin el compromiso de los votos religiosos. No considerándose autorizado este organismo vaticano a tomar una decisión en tal sentido, decide poner la cuestión en manos del Papa. Y así fue: después de reiteradas (e impacientes) peticiones por parte del Fundador, el cardenal Camilo Laurenti, el 13 de julio de 1926, le planteaba así la cuestión al Sumo Pontífice: «Santidad, ¿la Sociedad de San Pablo debe ser aprobada como Congregación religiosa con votos públicos?». Con su habitual decisión, Pío XI respondió: «Sí, Eminencia. Nos queremos una Congregación religiosa para la buena prensa». Así comenzó el camino jurídico que introdujo en la Iglesia «los medios de bien más rápidos y eficaces» como instrumentos de predicación y de salvación para lectores, oyentes y espectadores.

PÍO XII

En diversas ocasiones se mostró disponible para acoger las peticiones del P. Alberione y para conceder a la Familia Paulina facultades inherentes a la novedad del carisma. Merece un recuerdo especial la audiencia del 12 de julio de 1941, en la que el P. Alberione y el beato Timoteo Giaccardo acudieron a darle las gracias por la concesión del decretum laudis, que abría el camino para la aprobación definitiva de la Congregación. El Fundador narra el acontecimiento en una circular del 27 de aquel mes de julio. Expuso al Papa la razón de la visita y este le contestó: «Estoy muy contento de las gracias que habéis recibido; vosotros corresponderéis y recibiréis bendiciones y aún haréis méritos mayores ante la Iglesia y el Señor». El diálogo prosiguió con cordialidad, pero a cierto punto, pensando sin duda en la gravedad del momento histórico que se estaba viviendo, dijo el Pontífice: «¡Rezad, rezad, rezad por el Papa! Los tiempos difíciles hacen pesar mucho las responsabilidades, hasta el punto de que tememos incluso por la salvación». A lo que el Fundador respondió: «Santo Padre, Vos sois la presencia real de Jesucristo y donde está él estáis también Vos». «¡Ya! -insistió el Papa-. ¡Las responsabilidades... la salvación... rezad!». Y les dio la bendición diciendo: «A todos, a la Congregación, a vuestros bienhechores y nuestros bienhechores». Concluye el Fundador: «Y repitió varias veces la señal de bendición, se besó de nuevo la mano, se hizo la inclinación de despedida, y el Papa seguía haciendo la señal de la Cruz, bendiciéndonos hasta nuestra salida» (Carissimi in San Paolo, 115).

JUAN XXIII

Siempre que algún miembro de la Familia Paulina acudía a alguna audiencia, el Papa Bueno le decía: «Salúdeme al P. Alberione, es de veras un santo». Las aprobaciones y muestras de benevolencia durante este pontificado son numerosas. Dejó un recuerdo especial el discurso dirigido a un grupo de participantes paulinos en el curso de un mes de Ejercicios espirituales (1960). En aquella ocasión, dirigiéndose el Papa al P. Alberione, lo comparó con san José B. Cottolengo, fundador de la Pequeña Casa de la Divina Providencia: «Las obras de la Sociedad de San Pablo siguen el mismo camino, con la diferencia de que las de estos están inspiradas en la caridad, mientras que las vuestras se dirigen preferentemente a la inteligencia. Están inspiradas en el amor. Vosotros vais directamente, vosotros impactáis justa y oportunamente en esta batalla por el triunfo de la verdad, que es la batalla de Dios» (CiSP 483-484).

PABLO VI

La familiaridad con el pontífice se remonta a los años de trabajo en la Secretaría de Estado y, después, cuando era Arzobispo de Milán. Visitó las obras del Santuario dedicado a la Reina de los Apóstoles, bendijo los talleres tipográficos posando al lado de las máquinas con los hermanos que «hacían apostolado», fue «cliente» habitual de la Librería San Pablo de Milán, ubicada en un edificio propiedad de la Curia. No dejaba de admirar y animar las más variadas obras del apostolado paulino. Después de su elección al pontificado, manifestó su aplauso y benevolencia cada vez que se celebraba un acontecimiento gozoso referido al Fundador o a la Familia Paulina. Dejó un recuerdo indeleble la audiencia del 28 de junio de 1969 a una numerosa representación de religiosos paulinos al lado de su Fundador. Durante la misma impuso al P. Alberione la cruz Pro Ecclesia et Pontifice, diciendo: «Miradlo: humilde, silencioso, incansable, siempre alerta, siempre ensimismado en sus pensamientos que van de la oración a la acción, siempre atento a escrutar los signos de los tiempos, es decir, las formas más geniales de llegar a las almas..., nuestro P. Alberione ha dado a la Iglesia nuevos instrumentos, nuevos medios para vigorizar y ampliar su apostolado, nueva capacidad y nueva conciencia de la validez y de la posibilidad de su misión en el mundo moderno y con los medios modernos» (CiSP 553).

En el curso de su última enfermedad, Pablo VI estuvo siempre al corriente de su estado de salud. Cuando el final ya parecía próximo, en la tarde del 26 de noviembre de 1971, se acercó a su habitación para impartir al moribundo la última bendición. El P. Alberione tuvo un momento de lucidez, sonrió al Papa y, antes de expirar, murmuró: «¡Paraíso, paraíso!».

JUAN PABLO II

No conoció personalmente al Fundador, pero en muchas circunstancias habló de él con admiración. Recibiendo en 1986 a los miembros del V Capítulo General de la Sociedad de San Pablo, les decía: «¡Con toda el ansia que brota de mi corazón, os exhorto a seguir caminando por la senda que os trazó el P. Alberione!». Y prosiguió su discurso entretejido de expresiones literales tomadas de los escritos del Fundador: «Todo por el Evangelio, todos por el Evangelio, todos al Evangelio. Nuestro apostolado es predicar a Jesucristo y acompañar así a la Iglesia, es más, ser parte de la Iglesia, que nos ha encomendado esta misión». Finalmente, concluía Juan Pablo II animando y alentando a los capitulares con estas palabras: «Vosotros, Paulinos, sacerdotes y hombres de cultura y sensibilidad moderna, sabéis bien que nuestros fieles viven en una época en que a menudo se enseñan y practican doctrinas contrarias al mensaje del Evangelio. Muchos se desorientan hasta el punto de vacilar en la fe. Vosotros, como el buen Samaritano, debéis inclinaros con amor sobre estas almas plegadas y doloridas para llevarles la palabra de la Verdad que da luz a las mentes y el consuelo de las certezas supremas». El 25 de junio de 1996 este mismo Papa firmaba el decreto de reconocimiento de las virtudes heroicas del P. Santiago Alberione, declarándolo Venerable. Sus hijos e hijas, dispersos por el mundo, esperan gozosos el momento de su beatificación.

Rosario Esposito


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