Había acuñado, por tanto, para los suyos una regla de comportamiento
que aparentemente era una paradoja: «En los momentos difíciles
no hay que perderse, sino rezar y fijarse en nuestra independencia de actividad,
tratando de salir ilesos entre gota y gota, sin mojarse y sin mezclarse».
Y había añadido: «No sé cuándo ni cómo,
pero debemos tener, y lo tendremos seguramente, libertad de acción
en la Iglesia, ya que lo exige nuestra misión».
Suenan un poco asombrosas estas palabras en la boca de un hombre esquivo
y prudente como el Padre Alberione. Pero es precisamente la conciencia de
su misión la que permite a los profetas decir con franqueza la verdad,
aún cuando es incómoda y peligrosa. Es el mismo estupor que
se descubre en los ojos de la gente de la plaza de San Pedro frente al tapiz
del nuevo beato: aparece con él -por primera vez- al honor de los
altares también una antena de televisión, la señal
más moderna e intrigante de la comunicación de masas.
Confrontándolo con los cinco beatos que lo acompañan, con
sus hábitos y símbolos tradicionales, hace todavía
más llamativa la novedad: aquella antena cargada de «parábolas»
expresa la consagración oficial del carisma del P. Alberione y la
reconciliación definitiva de la Iglesia con el mundo de los medios.
El círculo de las recíprocas desconfianzas y exclusiones se
despedaza, los instrumentos de la comunicación social son reconocidos
como «púlpitos» de los nuevos tiempos. No sólo
en la abstracción de las fórmulas o en la solemnidad de los
documentos (pensemos sobre todo al Inter mirifica del Vaticano II y a la
Communio et progressio de Pablo VI) sino en su concreta actuación
realizada, en gran medida y con mucha anticipación a los tiempos,
por la Sociedad de San Pablo en sus diversas manifestaciones.
Este signo de novedad no pasa desapercibido a los «agregados a los
trabajos». El presidente de la Federación nacional de la prensa
italiana, Franco Siddi, declara: «La proclamación del P. Santiago
Alberione entre los beatos aporta una luz particular a todo el periodismo
libre y plural. Su elevación al honor de los altares señala
un nuevo paso para la cristiandad pero también para el mundo laico.
La dignidad del trabajo de los periodistas, y de los medios en general,
encuentra en la figura del P. Alberione una expresión ética
y religiosa, capaz de actuar en el mundo con una proyección hacia
el futuro. Después de su beatificación, es completamente compartida
la idea de muchos, católicos o no, que desearían que el P.
Alberione fuese el patrono de Internet».
Al salir de la audiencia del lunes, nos encontramos con periodistas encantados
por la figura del P. Alberione, hasta ayer poco menos que desconocido para
la mayoría. Horacio Petrosillo, vaticanista del Messagero, e Yves
Pitette, enviado por el diario católico francés La Croix,
no logran ocultar su entusiasmo: «Ahora tenemos verdaderamente, también
nosotros los periodistas, un santo protector que conoce desde dentro nuestra
profesión».
Durante las jornadas romanas, en la basílica de San Pablo extra Muros
se han preparado vigilias de oración y Misas de acción de
gracias siempre muy concurridas. El domingo por la tarde un concierto de
música sagrada, con Tosca y sus maravillosos colaboradores, lleva
al diapasón las emociones vividas. El concierto es presentado con
garbo y competencia por Paola Saluzzi; entre las autoridades, está
presente el alcalde de Roma Walter Veltroni, que concluye su saludo con
un explícito llamamiento al valor positivo y universal de la misión
paulina.
«Hoy el mundo, dijo entre otras cosas, parece caminar hacia atrás,
entre miserias y desigualdades antiguas y miedos nuevos, como la guerra
permanente y las epidemias, que nos hace preveer lo peor. Vosotros mirad
hacia delante, como nos ha enseñado el P. Alberione, y estoy convencido
que vuestra activa presencia en la comunicación sea para todos un
don, una semilla fecunda de confianza y de esperanza para el futuro del
mundo».
Antes de la llegada del Papa a la Plaza de San Pedro, los fieles oraron,
cantaron y escucharon algunos textos de la espiritualidad de los nuevos
beatos. De Santiago Alberione se leyeron algunas líneas de sus escritos
y discursos. «Nuestros más grandes santos», escribía
el nuevo beato, «se agarrarían hoy al micrófono para
lanzar su mensaje de verdad, justicia y paz. Es imposible no recordar el
mandato de Jesucristo: «Id por el mundo entero predicando la buena
noticia a toda la humanidad». En otra ocasión, se recordaba
en la Plaza de San Pedro, el nuevo Beato afirmó: «Prensa, cine,
radio y televisión constituyen hoy día las más urgentes,
las más rápidas y las más eficaces obras de apostolado
católico».
En la homilía de la misa, el Papa recordó la gran intuición
del Fundador de la Familia Paulina. «El beato Santiago Alberione»,
dijo, «intuyó la necesidad de dar a conocer a Jesucristo, Camino,
Verdad y Vida, «a los hombres de nuestro tiempo con los medios de
nuestro tiempo» -como le agradaba repetir-, se inspiró en el
apóstol Pablo, al que definía como «teólogo y
arquitecto de la Iglesia», y se mantuvo siempre dócil al magisterio
del sucesor de Pedro, «faro» de la verdad en un mundo con frecuencia
desprovisto de referencias ideales. «Debe haber un grupo de santos
que usen estos medios», solía repetir este apóstol de
los nuevos tiempos». El Papa añadió a continuación:
«¡Qué magnífica herencia deja a su familia religiosa!
Que sus hijos e hijas espirituales sepan mantener inalterable el espíritu
de los orígenes, para corresponder de manera adecuada a las exigencias
de la evangelización en el mundo de hoy».
Después de la celebración eucarística, el Papa exhortó
a la paz comentando el Evangelio del segundo domingo de Pascua, dedicado
a la divina misericordia. «Jesús resucitado», dijo, «se
encuentra en el Cenáculo con los discípulos y les ofrece el
don pascual de la paz y la misericordia. Se comprende fácilmente
que la verdadera paz brota de un corazón reconciliado, que ha experimentado
el gozo del perdón y está por eso mismo dispuesto a perdonar.
La Iglesia presenta a su Señor los gozos y las esperanzas, los dolores
y las angustias del mundo. Y Él ofrece como remedio eficaz su divina
misericordia, pidiendo a sus ministros que se conviertan en instrumentos
generosos y fieles de la misma».
Leonardo Zega
DE LA HOMILÍA
El beato Santiago Alberione intuyó la necesidad de dar
a conocer a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida,
«a los hombres de nuestro tiempo con los medios de nuestro tiempo»
-como a él le gustaba repetir-, y se inspiró en el apóstol
Pablo, a quien definía «teólogo y arquitecto de la Iglesia»,
manteniéndose siempre
dócil y fiel al Magisterio del sucesor de Pedro, «faro»
de la verdad en un mundo con frecuencia desprovisto de
sólidas referencias ideales. «Conviene que haya
un grupo de santos que usen estos medios», solía repetir este
apóstol de los nuevos tiempos. ¡Que sea ésta la riquísima
herencia que deje a su Familia religiosa!
Que sus hijos e hijas espirituales mantengan inalterable el espíritu
de los orígenes, para responder adecuadamente a las exigencias de
la evangelización
en el mundo de hoy
(Juan Pablo II).
DEL DISCURSO EN LA AUDIENCIA
Juan Pablo II volvió a hablar de los nuevos beatos durante la
audiencia que suele conceder, por la mañana del día siguiente,
a los peregrinos llegados a Roma para las beatificaciones. Al referirse
al Padre Alberione, el Papa quiso citar los diversos aspectos del testimonio
cristiano ofrecido por la Familia Paulina.
Me dirijo en primer lugar a la numerosa y variada Familia Paulina
y a todos los que del Piamonte, de Italia y del mundo han querido honrar
al beato Santiago Alberione.
En el corazón de este distinguido sacerdote de la diócesis
de Alba se encarnó el del apóstol Pablo, conquistado por Cristo
y totalmente entregado a anunciarlo como «Camino, Verdad y Vida».
Atento a los signos de los tiempos, el Padre Alberione no solamente abrió
a la evangelización los modernos «púlpitos» de
la comunicación social, sino que concibió su obra como una
acción orgánica dentro de la Iglesia y a su servicio. De esta
intuición nacieron diez institutos, que continúan con su mismo
espíritu la obra que él comenzó.
Que el Padre Alberione ayude desde el cielo a su Familia a ser, como
él quería, «san Pablo vivo hoy». Y que la Virgen
María, os ayude a realizar la obra que comenzó en vosotros
el Espíritu Santo
(Juan Pablo II).
El milagro para la beatificación
Con vistas a la Beatificación, la Postulación de la Causa
del P. Alberione sometió al juicio de la Congregación para
las Causas de los Santos la presunta curación milagrosa de la anunciatina
María Librada González Rodríguez, nacida en Guadalajara
(Jalisco, México), el 7 de setiembre de 1931.
El 4 de abril de 1989, a causa de una caída, sufrió un trauma
en el pie derecho, que hubo que escayolar, viéndose obligada a la
inmovilidad. El 29 de abril fue ingresada de urgencia en un hospital de
Guadalajara (Jalisco) por insuficiencia respiratoria a causa de una tromboembolia
pulmonar, permaneciendo allí doce días. Al día siguiente
de salir del hospital, fue internada nuevamente por fibrilación auricular
asociada a una grave disnea a la que siguió, el 19 de mayo, un accidente
vascular cerebral por embolia que le causó hemiplejia facial y corporal
con afasia.
El 20 de mayo de 1989, víctima de una nueva crisis respiratoria,
mucho más grave que las precedentes, durante media hora, asociada
a un fuerte dolor de hombros, María Librada González Rodríguez
sintió morirse e invocó la ayuda divina por intercesión
del Venerable Padre Santiago Alberione. Al instante recuperó la capacidad
de respirar normalmente sin necesidad de oxígeno. El 25 del mismo
mes pudo dejar la terapia intensiva.
La curación, considerada inmediatamente milagrosa, fue sometida en
1994 a la Investigación Diocesana abierta en la Curia de Guadalajara
(Jalisco) y reconocida jurídicamente válida por la Congregación
para las Causas de los Santos con Decreto del 10 de noviembre de 1995.
La Consulta Médica en su sesión del 14 de febrero de 2002
reconoció que la curación fue relativamente rápida,
completa, duradera e inexplicable a la luz de los actuales conocimientos
científicos. El 6 de septiembre del mismo año se celebró
el Congreso Peculiar de los Consultores teólogos y el 15 de octubre
siguiente tuvo lugar la Sesión ordinaria de los Cardenales y Obispos,
siendo Ponente de la Causa Mons. Andrea Maria Erba, obispo di Velletri-Segni.
Gino Valtorta.
DE LAS HOMILÍAS DE ALGUNOS OBISPOS ESPAÑOLES
Oviedo, 19 de mayo, Parroquia de San Isidoro el Real
Mons. Carlos Osoro Sierra, arzobispo
(...) Cuando hemos proclamado el Evangelio (Lc 24,13-25), queridos hermanos,
sentía que, en el P. Alberione, nuestro Señor Jesucristo quiso
hacerse cercano a todos nosotros en esta etapa de la nueva evangelización
y proponerle como modelo a imitar. «Y sucedió que, mientras
ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó
a ellos. Él les dijo: ¿De qué discutís entre
vosotros mientras vais andando?» (Lc 24,15-17). Y le fueron relatando
al Señor lo que había pasado. Pero él quiso hacerles
vivir una experiencia singular, que se encontrasen con Él. De tal
manera que ellos sintieron la necesidad de decirle, «quédate
con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado. Y entró
a quedarse con ellos» (Lc 24,29).
¿De qué discutimos por el camino? ¿Cuáles son
nuestras preocupaciones? ¿Dónde están nuestros intereses?
Creo que pueden ser unas palabras del mismo P. Alberione pronunciadas en
el año 1950 en un congreso de superiores religiosos, las que nos
hagan ver la necesidad de encontrarnos con el Señor. Son palabras
que nos hacen revivir las que el Señor decía a los discípulos
de Emaús. Describen una realidad, pero no para infundir miedos, sino
para afrontarla como el Señor quiso que la afrontasen siempre los
discípulos, desde él: «Entonces se les abrieron los
ojos y le reconocieron» (Lc 24,31). Dice así el P. Alberione:
«Hoy el gran mundo, la juventud, la clase dirigente, reciben cada
día otras doctrinas, escuchan otras teorías en la radio, asisten
a cualquier espectáculo de cine, se dirigen a la televisión
para lo más amoral e inmoral. El sacerdote predica a un pequeño,
reducido rebaño, con iglesias casi vacías en muchas regiones.
Nos dejan los templos, cuando nos los dejan, y se llevan a las almas».
¿Cómo reaccionar? El P. Alberione dice con fuerza y convicción:
hay que «cambiar de mentalidad». No se puede esperar a la gente
en la iglesia, sino llevarles el Evangelio donde viven; es necesario un
nuevo método, no sirviéndose solamente de la palabra, sino
también con los medios de comunicación, la prensa, la radio,
el cine, la televisión. Os aseguro que algunas determinaciones en
mi vida pastoral han nacido de esta fuerza que tienen las palabras del P.
Alberione.
Hemos escuchado en el Evangelio así: «Ellos, por su parte,
contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían
conocido en la fracción del pan» (Lc 24,33-35). El P. Alberione
apunta a una forma original de predicación cristiana, de anuncio
de la resurrección del Señor, de decir a todos los hombres
que Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida. Por eso dice con naturalidad:
«Cuando estos medios de progreso sirven a la evangelización
reciben una consagración, quedan elevados a la máxima dignidad.
La oficina del escritor, el taller de la técnica, la librería
se convierten en iglesia y púlpito. Y quien trabaja en ellos se eleva
a la dignidad de apóstol».
La santidad es la premisa para todo este apostolado dice el P. Alberione:
«Apóstol es quien lleva a Dios en su alma y lo irradia a su
alrededor. Apóstol es un santo que acumuló tesoros y comunica
de su abundancia a los hombres». Y lo hace a través de todos
los medios modernos de comunicación. Porque se trata de dar todo
el Cristo a todos los hombres con todos los medios. Y de hacerlo desde la
total comunión eclesial(...).
Valladolid, 28 de mayo, Santa Iglesia Catedral
Mons. Braulio Rodríguez, arzobispo
La persona del beato Santiago Alberione -dijo el Señor Arzobispo
después de haberse referido a los cinco santos canonizados por Juan
Pablo II en la Plaza de Colón- se une a esta galería de santos.
Beatificado el 27 de abril, su persona y su obra están también
entre nosotros y damos gracias al Padre también por haberle suscitado
en la Iglesia. Decía él en 1954, cuando cumplía 70
años: «Si para descender con vosotros, quisiera narraros algo
de lo que todavía recuerdo y consideráis útil para
la Familia Paulina, tendría que relatar una doble historia: la de
las divinas misericordias, para cantar un vibrante Gloria in excelsis Deo
et in terra pax hominibus; y también la humilde historia de la falta
de correspondencia al exceso de la divina caridad, y componer un nuevo y
doloroso Miserere por mis innumerables pecados y ofensas». Así
son los santos.
El beato Santiago Alberione intuyó la necesidad de dar a conocer
a Jesucristo, camino, verdad y vida, «a los hombres de nuestro tiempo
con los medios de nuestro tiempo» -como solía decir-, y se
inspiró en el apóstol san Pablo, a quien definía «teólogo
y arquitecto de la Iglesia». Estoy citando palabras del Papa en la
Misa de su beatificación. Subraya también Juan Pablo II que
permaneció siempre dócil y fiel al magisterio del Sucesor
de Pedro, faro de la verdad en un mundo a menudo privado de sólidos
puntos de referencias ideales. El beato Alberione es sin duda un santo de
nuestro tiempo y él afirma que un santo de este tiempo tiene que
utilizar medios de nuestro tiempo. Él admiraba a san Pablo pero pensaba
que san Pablo no hubiera dudado en utilizar los medios de comunicación
social para llevar la «oferta» que produce asombro y que llegue
así a todos los hombres y mujeres de nuestro mundo.
Me parece que el mejor elogio que podemos hacer de él y que aumenta
nuestra acción de gracias en esta tarde es el que Pablo VI hizo de
él en junio de 1969 en una audiencia en la que el fundador de la
Familia Paulina se encontraba: «Miradlo: humilde, silencioso, incansable,
siempre alerta, siempre ensimismado en sus pensamientos, que van de la oración
a la acción, siempre atento a escrutar los signos de los tiempos,
es decir, las formas más geniales de llegar a las almas (...)».
Barcelona, 1 de junio, Basílica de la Merced
Mons. Pere Tena, obispo auxiliar
El evangelio de Marcos (16,15-20) habla de la Ascensión de Jesús
en términos de misión. Resuena con fuerza el mandato de Jesús
a los apóstoles: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio
a todos, a toda la humanidad, a toda la creación, a todos los pueblos...».
Hay una voluntad clara de universalidad en este mandato: no hay límite
en los destinatarios. Diría que hay una voluntad de resonancia cósmica
de la predicación.
Escuchar este evangelio, celebrar la Ascensión de Jesús, y
pensar en ese gran e infatigable apóstol del Evangelio que fue el
Padre Alberione no es muy difícil. Es cierto que él no forma
parte de aquellos doce que son la semilla de la Iglesia y el origen de la
sagrada jerarquía, pero ocupa en el grupo que ellos iniciaron por
voluntad de Cristo un lugar propio y destacado, que marca todo el siglo
XX, y continúa iluminando con fuerza la Iglesia de nuestros días.
Si tuviésemos que representar el evangelio de hoy y el misterio de
la Ascensión, sin duda podríamos hacer lo que hacían
Giotto y Fray Angélico cuando representaban el calvario: en medio
de los presentes ¡ponían a san Francisco! Nosotros pondríamos
ahí al beato Alberione, como un apóstol más (...).
En su vida, en sus obras, en sus iniciativas, resuena claramente el mandato
universal de Jesús: Proclamad el Evangelio a toda la creación,
a todos los hombres.... Por eso también le agradaba tanto la
invitación de Jesús: Venid a mí todos....
Justamente ha quedado plasmada esta orientación en las magníficas
vidrieras de una de las iglesias de la Familia Paulina que él quiso
en Roma. Todo, todos los hombres, toda la humanidad y con todos los medios
de la creación. La acción del Padre Alberione es reveladora
de esta ansia de universalidad, de globalidad. Él no piensa sólo
en la predicación oral clásica, sino en la utilización
de todos los lenguajes posibles, los de su tiempo y los que puedan surgir.
¿No es esto, tal vez, uno de los signos mesiánicos? ¡Hablarán
lenguas nuevas!. Pablo VI elogió públicamente al Padre
Alberione por su fidelidad para percibir los signos de los tiempos (...).
El Padre Alberione, como los apóstoles, no era un activista fascinado
por las cosas externas. Era, por principio, un contemplativo de las abundantes
riquezas de la gracia de Dios: ¡Abundantes divitiae gratiae suae!
Él mismo había experimentado esta entrada de Dios en su propia
vida. Pienso que su experiencia de la noche del paso del año 1900,
tan valorada por la Familia Paulina, se podría comparar a la de los
apóstoles, después de ver a Jesús subir al cielo, reciben
el testimonio angélico de la vuelta del Señor. El beato Alberione
recibió también, aquella noche, de manera misteriosa, el encargo
que constituye su carisma: trabajar en este mundo, en el siglo XX que se
ha visto beneficiado de su presencia, para que los hombres conozcan y crean
en Jesucristo. El conocimiento y la contemplación de Jesucristo,
la fe en la presencia de Cristo en su Iglesia, sobre todo en la Eucaristía.
El beato Alberione es un ejemplo ilustre de esa admiración, de ese
estupor por el don de la Eucaristía, que Juan Pablo II quiere mantener
en la Iglesia con su reciente encíclica Ecclesia de Eucharistia (...).
Santiago, 5 de junio, Santa Iglesia Catedral
Mons. Julián Barrio Barrio, arzobispo
(...) Este (el P. Alberione), según Pablo VI, «humilde,
silencioso, incansable, siempre alerta, siempre ensimismado en sus pensamientos
que van de la oración a la acción, siempre atento a escrutar
los signos de los tiempos, es decir, las formas más geniales de llegar
a las almas, ha dado a la Iglesia nuevos instrumentos para expresarse, nuevos
medios para vigorizar y ampliar su apostolado, nueva capacidad y nueva conciencia
de la validez y posibilidad de su misión en el mundo moderno y con
los medios modernos». Amó esperanzadamente el momento que le
tocó vivir para intentar transformarlo, no acomodándose nunca
a los criterios de este mundo. En nuestra sociedad secularizada con el testimonio
de su vida nos llama a salir de nuestra pasividad, haciendo fructificar
nuestros talentos con una actitud creativa que sólo se tiene cuando
se confía en el futuro asegurado por la providencia de Dios. Su mucha
actividad no derivó a un estéril activismo en el que siempre
se refleja el déficit de un serio discernimiento. En actitud contemplativa
trabajó bajo la mirada de Dios.
Puso de relieve la necesidad de una colaboración entre todos los
miembros de la comunidad cristiana en una Iglesia en la que todos hemos
de vivir intensamente la misión encomendada, acentuando la vocación
y la misión del laico, que por su misma naturaleza es vocación
al apostolado. Vivir y dar a través de la acción apostólica,
pensar en grande le lleva a decir: «Estáis a los pies de una
gran montaña, subid, mirad vuestro horizonte: es todo el mundo».
Este compromiso exige espíritu de oración: «La oración
ante todo, la oración sobre todo, la oración vida de todo»,
«orar con la mente, con el corazón, con la voluntad, con la
palabra, con la acción». Así lo trasluce en este pensamiento:
«Todo el hombre en Cristo para un total amor a Dios: inteligencia,
voluntad, corazón, fuerzas físicas».
Crear un ambiente animado por el espíritu evangélico de libertad
y caridad, procurar la madurez humana y cristiana de la persona, iniciarla
en el diálogo entre la fe y la cultura fueron los retos del quehacer
pastoral del Beato Alberione que nos ha dejado con la palabra, la acción
y el testimonio de su vida una lección para aprender, un ejemplo
a imitar y una obra para el bien de la Iglesia y del mundo: una gran herencia
debida a un gran hombre. A él se puede aplicar lo que escribía
san Agustín: «¿Quieres levantar un gran edificio? Cava
en profundidad para poner el fundamento de la humildad», que ha de
llevarnos siempre a pensar que las cosas van bien incluso sin nosotros.
Remó mar adentro en la barca de su vida, sabedora de que en la existencia
la primacía la tiene siempre la gracia de Dios, nuestro principio
y fundamento. Pidamos a través de su intercesión y la de la
Virgen María que el Señor bendiga a los miembros de la Familia
Paulina y llene sus corazones del fuego de la caridad para que sigan realizando
los más grandes ideales apostólicos de promoción humana
y cristiana construyendo la ciudad de Dios en la ciudad de los hombres por
los nuevos caminos de nuestra civilización.