Una vida al servicio de Dios y de los hombres
A comienzos del siglo XX, Dios preparaba a un joven de dieciséis
años para realizar una obra destinada a poner al servicio del Evangelio
todas las formas de comunicación social que el progreso humano fuera
proporcionando. El joven se llamaba Santiago Alberione. Nació el
4 de abril de 1884 en San Lorenzo di Fossano, un pueblecito agrícola
del norte de Italia. En 1896 entra en el seminario con el deseo de prepararse
al sacerdocio. Con otros jóvenes, vivió en profunda adoración
eucarística la noche que marcaba el comienzo del nuevo siglo (31
de diciembre de 1900).
Para él, que estaba intentando descubrir el proyecto de Dios sobre
su vida, aquella oración se transformó en una luz extraordinaria
que le orientó siempre. Dios le hizo ver los inmensos horizontes
de las necesidades de la Iglesia y de la humanidad. Y lo invitó a
acercarse a él con todo su ser, pidiéndole «hacer algo
por el Señor y por los hombres del nuevo siglo».
El joven Santiago sintió fuertemente en su interior la llamada de
Dios y quiso responder a ella. Siguieron años de intensa preparación:
oración, estudio y trabajo hicieron que madurase en él un
gran amor a la Iglesia, la comprensión de que Cristo es el centro
de toda la historia, personal y colectiva, y la convicción de que
el progreso no es sólo un hecho cultural, sino también un
excelente instrumento para llevar el mensaje de Cristo a los hombres de
todos los tiempos y orientar hacia Cristo a toda la humanidad. Prensa, cine,
radio y televisión aparecían en su mente como dones de Dios
y «nuevos púlpitos» para anunciar el Evangelio. La experiencia
interior del joven Alberione puede sintetizarse en la doble invitación
del Señor: «Venid a mí todos
» (Mt 11,28),
e «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación»
(Mc 16,15). De ahí nació la dimensión contemplativa
que hizo que su vida se enraizase profundamente en el misterio de Cristo
Maestro, camino, verdad y vida. Y de ahí arrancó también
su total entrega apostólica, impulsada por el amor de Cristo, que
quiere que todos los hombres se salven. El modelo que propuso para su obra
fue el apóstol san Pablo, quien vivió en honda intimidad con
el Señor y lo anunció a todos con un corazón universal.
De ahí el increíble desarrollo de una serie de fundaciones
e iniciativas que han enriquecido la comunidad cristiana con nuevos apóstoles
y nuevas formas de apostolado.
El P. Santiago Alberione vivió en lo más hondo de su ser
el nuevo don del Espíritu, del que quiso hacer partícipes
a hombres y mujeres elegidos por el Señor. Eso lo llevó a
sentirse padre de una multitud de hijos e hijas espirituales que, unidos,
respondieran a las «grandes necesidades contemporáneas».
En su corazón, esas necesidades iban definiéndose cada vez
mejor: anuncio del Evangelio, promoción humana y evangelización
de la cultura con todos los medios que ofrece el progreso; liturgia y pastoral,
animación cristiana de todas las realidades terrenas, pastoral vocacional
para toda forma de apostolado, santificación de la familia...
Para lograr este objetivo, respondiendo a la llamada del Espíritu,
el P. Alberione dio comienzo a diez instituciones diferentes, todas ellas
marcadas por un mismo espíritu, por un firme impulso apostólico
y por la comunión y la colaboración recíprocas: una
congregación religiosa masculina y cuatro femeninas, cuatro institutos
seculares y una asociación de laicos.
El secreto de tanta actividad fue su profunda vida interior, por la que
realizó en su vida la adhesión total a la voluntad de Dios,
realizando en sí mismo la palabra del apóstol Pablo: «Mi
vivir es Cristo». Jesucristo, especialmente en la eucaristía,
fue la gran, la única pasión del P. Alberione.
Cumplida la obra que el Padre le había encomendado, el 26 de noviembre
de 1971, a la edad de 86 años, dejó la tierra para ocupar
su puesto en la Casa del Padre. Sus últimas horas se vieron confortadas
con la visita y la bendición de Pablo VI, que nunca ocultó
su admiración y veneración por el P. Alberione.
El 25 de junio de 1996 Juan Pablo II firmó el Decreto con el que
se reconocían las virtudes heroicas del Fundador y se le otorgaba
el consiguiente título de Venerable. El 27 de abril de 2003 el mismo
Papa lo proclamó beato en la plaza de San Pedro, ante millares de
hijos e hijas.