Espiritualidad apostólica
Jesucristo, Maestro y Pastor, camino, verdad y vida
Jesucristo se autodefinió así en el Evangelio según
san Juan: «Yo soy el camino, y la verdad y la vida»; y «Yo
soy el buen Pastor». Y cuando sus discípulos lo reconocen como
Maestro, él lo confirma: «Vosotros me llamáis El
Maestro..., y decís bien, porque lo soy».
El P. Santiago Alberione quiso que los institutos de la Familia Paulina
se injertaran en Cristo tal como el Evangelio lo presenta de manera integral:
como Maestro y Pastor, camino, verdad y vida. Él nos ha pedido que
nos pongamos diariamente a su escuela: que seamos dóciles a la escucha
de su Palabra, que estemos dispuestos a configurarnos con él, obediente
al Padre; que deseemos recibir de él fuerza y vitalidad nuevas. Por
eso, además de los tiempos habituales de oración comunitaria,
cada uno de nosotros sabe encontrar diariamente al menos una hora para estar
a los pies de Jesús eucarístico. Aprendemos de él,
Maestro y Pastor, cómo y qué debemos hacer para anunciarlo
y cómo hacernos todo a todos, a ejemplo del apóstol Pablo.
Delante de él, expuesto en el sacramento de la Eucaristía,
aprendemos a leer la historia: meditando la Palabra para que nos ilumine
sobre el significado de los acontecimientos de nuestro tiempo, nos ayude
a percibir los signos de los tiempos y nos guíe a hacer su voluntad
con todos los medios.
En nuestras capillas se pueden leer las tres frases que el P. Alberione
oyó decir a Jesús Maestro: «No temáis. Yo estoy
con vosotros», «Desde aquí quiero iluminar», «Vivid
en continua conversión».
La imagen del Maestro Divino que el Fundador quiso representa a Jesús
resucitado que, como Maestro, está de pie ante la cruz. Va caminando
al encuentro de la humanidad mientras se disipan las tinieblas de la ignorancia
y se anuncia el alba de un nuevo día en el que Cristo es reconocido
y acogido como Maestro por todos los hombres. Con la mano izquierda sostiene
sobre su pecho el libro abierto de la Escritura, donde se presenta como
camino, verdad y vida. Con la mano derecha hace ademán de querer
hablar. Pide que se le escuche y se le siga como único Maestro y
Pastor, porque sólo él es el Camino que conduce al Padre,
sólo él es la Verdad que revela al Padre, y sólo él
es la Vida que comunica el Espíritu.
María Madre, Maestra y Reina de los Apóstoles
Para conocer y anunciar a Jesucristo con los medios modernos de comunicación
nos inspiramos en María, reconociéndola Madre y Maestra, modelo
y guía de todo apóstol. Reuniendo en el Cenáculo a
los discípulos dispersos, María fue confirmada por el Espíritu
como Reina y Madre de todos los que iban a ir a anunciar a Cristo hasta
los confines del mundo. Así quiso representarla el P. Alberione en
un precioso mosaico de la Basílica Menor de la Reina de los Apóstoles,
en Roma. Porque ella, de modo incomparable, y más que todos los apóstoles
de todos los tiempos, supo encarnar y dar a Cristo a la humanidad de la
manera más concreta: haciéndolo presente físicamente.
Por obra del Espíritu Santo, representado en los rayos de luz que
hay a sus espaldas, María, prodigiosamente cubierta por el poder
del Altísimo, supo encarnar y presentar, en la historia de su tiempo,
al Señor de la historia, Cristo, Palabra del Padre.
La Reina de los Apóstoles aparece en el momento de dar a Cristo a
la Iglesia, representada por los quince primeros apóstoles. Porque
a los doce apóstoles el P. Alberione quiso añadir a san Pablo,
el primer apóstol escritor, así como a san Lucas y san Marcos,
autores de sus respectivos evangelios: todos ellos anunciadores de Jesús
a través de un nuevo canal de comunicación para la Buena Noticia:
el texto escrito.
Se representa a María por encima del tiempo y el espacio, en actitud
de presentar y dar a su Hijo. Esto quiere decir que en todo tiempo y lugar
sigue siendo ella la primera apóstol, el modelo en el que inspirarse
para anunciar a Cristo. El Hijo que María ofrece se presenta ya desde
ahora como el Maestro y el Pastor; por eso lleva en la mano derecha un rollo,
símbolo de la Palabra de verdad que vino a traer: «Lo que he
oído a mi Padre os lo doy a conocer». A los lados de la Reina
de los Apóstoles, hay dos ángeles que llevan sendos mensajes:
el de la izquierda: «Escribe en un libro y envíalo a las iglesias»;
y el de la derecha: «Meditad las Escrituras». Son dos invitaciones
claras a todos los apóstoles a que mediten la Palabra y busquen el
modo más eficaz para anunciarla a todo el mundo.
El apóstol Pablo, fundador y padre de la Familia Paulina
El P. Alberione eligió al apóstol san Pablo como nuestro
padre espiritual y fundador: «La Familia Paulina la suscitó
san Pablo para continuar su propia obra: es san Pablo vivo, sólo
que hoy compuesto de muchos miembros. No hemos elegido nosotros a san Pablo:
ha sido él quien nos ha elegido y llamado. Quiere que hagamos lo
que haría él si viviera hoy: amar a Dios con todo el corazón,
con todas las fuerzas, con toda la mente; y amar al prójimo sin ahorrarse
nada, pues él vivió de Cristo. «Es Cristo quien vive
en mí». Él usaría los más altos púlpitos
erigidos por el progreso actual: prensa, cine, radio y televisión,
y los mejores descubrimientos de la doctrina de amor y de salvación:
el Evangelio de Jesucristo».
El apóstol Pablo fue el incansable maratoniano del mensaje de
Cristo. Para que el amor de Dios llegara al corazón de todos los
hombres y los liberara de sus miedos, hizo largos viajes, usó todos
los medios de transporte y comunicación entonces conocidos, afrontó
toda clase de peligros, soportó sufrimientos y necesidades increíbles.
Todo y sólo por Jesús, la «Buena Noticia» del
Padre para nosotros.
Se liberó de sus seguridades, prescindió de todos los privilegios
y ventajas humanas, sociales y religiosas que tenía, con tal de alcanzar
el auténtico objetivo de su vida: identificarse con Cristo. Por eso
pudo decir: «Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí».
Siguiendo su ejemplo, también nosotros hoy nos entregamos plenamente
a Cristo, amado sobre todas las cosas, por medio de los votos de castidad,
pobreza y obediencia. Profesamos nuestra fidelidad a la Iglesia en la persona
del Papa: una fidelidad que nos compromete a difundir con nuestro apostolado
contenidos sanos, acordes con la enseñanza de Jesús, de la
que la Iglesia es depositaria y anunciadora.
Toda la palabra de Dios es objeto de nuestra meditación, pero
los Evangelios y las Cartas de san Pablo son nuestro alimento preferido.
Como él, nos comprometemos a tener fija la mirada en Jesucristo para
ser contemplativos en la misión. Nuestro objetivo consiste en anunciar
a Cristo con nuestra vida, para llegar al mayor número posible de
personas, utilizando todos los medios modernos de comunicación y
buscando siempre las formas más idóneas de pastoral.